Relato erótico: LÍVIDO DESEO (III Concurso Dolce Love)

barUn día más. Y cuando pienso que es el principio de la noche, de la maldita noche en soledad, comienza mí tremenda angustia.
Si pudiera retroceder en el tiempo y ser perdonado, seguramente dejaría este infierno.
Volvería al sitio donde, solo me bastó con verte, y saber que serias mía.
Tú primoroso rostro pintado por la mano del creador, tú mirada tierna y profunda exaltaron, sin saberlo, mis torpes e inquietantes pensamientos.
Deseé devorarte, entrar en ti y sentir el tibio recorrido del calor hacia tú vientre.
Nos miramos. Sonreímos. La furia del deseo me invadió.
Tu cuerpo sinuoso y sutil vino hacia mí, me pareció inconquistable, mientras maldecía a quien se apoderó de tu himen.
El bar estaba lleno, pero estábamos solos.
No recuerdo que torpes palabras pronuncié, ahora solo añoro tu piel; y me alegro de haberla poseído, y me frustro por no haberla dominado.
Entre copa y copa me acerqué más hacia ti, mientras reías desbordada, como desafiando al mismísimo Dios. Tú calma felina se mantuvo expectante y perversa.


Hablabas, pero no te escuchaba.
Estaba perturbado de deseo, quería perpetrarlo.
Condición “sine qua non”, insinuaste: Mi néctar, tu alma.
¡¡Que no daría por poseerte!!
Siete calles, diez minutos; las primeras gotas por el intenso y gélido frio de una noche abierta al desenfreno sensual, se entremezclaban con gotas de nervioso sudor.
Tranquilo, mencionaste, ahora seré tuya, solo tuya, aunque sea por esta noche.
Inmaculada; tu cuerpo emanaba un olor indescriptible.
Surque con mi lengua el centro de tu vientre hasta hundir mis labios entre tus delicados y hermosos senos.
A pesar de mi ansioso y febril miembro, intenté controlar mi furiosa virilidad, y me deje envolver por tus delicados gemidos de gata en celo.
El recorrido de tus dedos por mi espalda, irguieron los vellos de todo mi cuerpo, mientras tu boca, devoraba de un solo bocado, mis labios aun temblorosos.
Succionaste mi ser.
Me quemé.
Mis brazos abrigaron tu desnudez, mientras bebía todo tu néctar.
Entre lágrimas de amor nos regalamos al unísono, un orgasmo infinito, inmenso, y nuestro.
Ahora esperaré despierto, y tal vez encuentre aquel suspiro sensual que brotaba de sus labios, antes de adentrar en lo más profundo de los sueños, y morir en busca de mi alma; aunque solo sea, durante otra maldita noche.
Autor: Marcello

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