Relato erótico: EL JUEGO DE LA ARAÑA (Ganador III Concurso Dolce Love)

casinoHabía dado varias vueltas por todo el casino. Tiré un par de pavos a las tragaperras para evitar sospechas.
A mi segundo paso por la ruleta, la vi. Una mujer sentada a la mesa: sola. Una rubia madura embutida en un visón. Los brazos llenos de joyas, el pellejo atirantado de su cuello cubierto por enormes perlas.
Tenía buena pinta.
Me coloqué a su espalda y la examiné mejor. Zafiros en sus orejas, un broche de oro pendiendo de una solapa. Bótox, colágeno y los rasgos recientes del bisturí en su tez cargada de potingue. Olía a Chanel Número Cinco. La víctima perfecta, el banco de peces que el tiburón estaba esperando.
Hablaba con el empleado. Sembraba el tapete de apuestas. Regalaba fichas de cien como si fuesen caramelos en un desfile. Trasegaba combinados de ginebra y vociferaba por cada jugada premiada.
El tipo de al lado se abrazaba a sus cuatro fichas de cinco dólares. Movimientos simples: doble o nada. Un pesado. Podría tardar una eternidad en perderlo todo. Le susurré un negocio. Le pagué de extranjis doscientos machacantes por su asiento.
La rubia me lanzó un reojo al sentarme. Saludé. Otra mirada, esta vez más detenida, lasciva incluso. El anzuelo estaba echado, me sacaba veinte años como mínimo. Yo era un pipiolo bien parecido que vestía un alquiler de Armani negro.
—Hola, guapo —dijo con tono tiznado—. Me traerás suerte, ¿verdad?
—Se hará lo que se pueda… —respondí fingidamente tímido.
Ella sonrió. Mostró su dentadura postiza y unas encías sumidas por el tabaco. Se intuía poderosa, segura de sí. El alcohol le daba el aplomo perdido por la edad.
Ganó una seisena de quinientas fichas y gritó eufórica. Se atrevió a golpetear el hombro de aquel joven sentado a su izquierda.
—¡Encanto, eres mi talismán! Ven, acércate un poco.
—Sí, juntaré mi silla para ver si se me pega algo…
Mi brazo rozó su brazo. Pedí perdón. Ella negó con la cabeza y aferró, impaciente, la manga de mi chaqueta cuando la ruleta comenzó a girar. Los brazaletes tintinearon por el meneo. No podía apartar la vista de aquel cofre andante.
—Treinta y dos, par, rojo —informó el crupier.
La mujer había perdido la misma seisena anterior, pero había doblado la mayor cantidad al rojo. Retornó a su estado jubiloso y palmeó mi muslo.
—Muchacho, tú y yo vamos a hacer grandes cosas.
—Creo que ha llegado el momento de copiarte… —Señalé mis pírricas fichas—. Estás en racha.
—Tú sigue a mi lado y todo irá bien.
Ni por asomo pensaba despegarme de ella. Si seguía así de lanzada sobre el paño, el botín sería demasiado apetitoso para cambiar de objetivo. Sin embargo, todavía tenía que trabajar el carácter confiable del desconocido.
Le pregunté su nombre por educación, ya que nos habíamos hecho cómplices de tapete.
—Margaret… Pero puedes llamarme Marga, ahora que eres mi conejito de la suerte.
—Yo soy Henry —mentí de oficio.
Me plantó dos besos excesivamente pegajosos. Sentí el carmín estirando mi piel. No pude evitar una mueca rancia.
—Oh, lo siento, cariño.
Pasó un dedo insólitamente suave y una caricia prolongada por mis mejillas. Yo la observé meloso mientras lo hacía, con el semblante tan infantil y burlón como me fue posible. Una postura ensayada ante el espejo. Un embuste premeditado que siempre funcionaba con esas viejas calentorras.
—Perdona, nunca recuerdo la cantidad de pintura que ha de ponerse una anciana como yo para estar mona —añadió coqueta, reclamando un piropo de vuelta.
—Marga, eres el lienzo más precioso de esta mesa.
Ahora fue ella quien fingió ruborizarse. El gato y el ratón girando en la ruleta.
En el siguiente envite, probé otro ardid. Era un ardid agresivo, explícito, pero solía ir bien. Cuando la dama colocó sus fichas, yo separé una. La puse plana en su recuadro e incliné la mía sobre ella, con un claro aire sexual. A buen entendedor…
Y Marga era buena entendedora. Lo pilló tan rápido que antes de que la bolita eligiese casilla, ella ya había preguntado:
—¿Qué te parece si seguimos jugando en mi habitación?
Adoraba cuando picaban. Me regocijaba el momento en el que hincaba mis dientes en la presa. Uno de los motivos por los cuales continuaba cazando.
—Por mí de acuerdo, esa ficha era mi última apuesta.
Nos levantamos. Marga cambió un mondongo de billetes y subimos a su habitación.

La suite era enorme. Aquello debía costar una pasta. Había un aroma extraño en el ambiente: Chanel Número Cinco revenido. El mismo perfume, distinto olor. Atmósfera pútrida, cargada. Abrí la ventana.
—Ponte cómodo, encanto.
La cogí por la cintura. La besé. Ella replicó. Lengua húmeda, giros altamente juveniles. Me excité. Ella se apartó.
—¡Champán! —afirmó ansiosa.
Preliminares, claro. Antigua usanza.
¿Por qué no? Cuanto más trompa estuviese la vieja urraca, más fácil sería despojarla de sus ornamentos.
Me tiré en la cama. Desanudé la corbata. Me quité la americana, los zapatos. Observé en derredor. Fiú, aquella pava estaba forrada.
Ella me dio la espalda. Forcejeó con la botella y los enseres del mueble bar. No presté atención a sus maniobras. Una jugada tremendamente estúpida por mi parte.
—¡Chinchín! —exclamó.
Brindé y bajé la copa de un lingotazo. Idiota.
Nos besamos. Nos frotamos sobre las sábanas de seda. Le gustaba tener el control. Le gustaba sentirse poderosa a horcajadas sobre mi vientre.
Desabrochó mi camisa, casi me la arrancó mientras lamía y mordisqueaba mi pecho recién depilado. Tiró de la corbata hacia arriba. Oprimía, ahogaba. Con la otra mano sujetó mi verga con fuerza. Estaba dura como una rama por la presión del cuello. Yo me dejaba hacer, antes de cada nueva postura la copa de champán se vaciaba de nuevo. Solo era cuestión de tiempo, a no ser que aquella bruja fuese una gran bebedora. Aun así, tarde o temprano caería exhausta de cansancio y ebriedad.
Pasé a la acción. Le quite la blusa. Unos senos redondeados, increíblemente firmes para su edad, se abrieron a mis ojos. Esos sostenes modernos podían desafiar la ley de la gravedad a su antojo. Palpé sus tetas, las liberé de sus celdas textiles. Continuaban túrgidas, vigorosas, y me sorprendí positivamente. Chupé gozoso sus puntas. Repasé suavemente las amplias areolas tostadas con mi lengua, mordí los tiesos pezones con frenesí. Ella suspiró, cerró los ojos y arqueó su columna hacia atrás.
Su falda se había remangado por el magreo. Separé sus bragas a ciegas, puesto que mi nariz seguía hundida en el canalillo. Introduje mi dedo en la hendidura carnosa. Húmeda, estrecha, demasiado estrecha para mis anteriores tanteos de maduritas. Acaricié el timbre de aquella puerta chorreante. La vulva no se percibía descolgada, la caverna no se intuía flácida sino más bien apretada y joven. No tenía yo una tesis sobre coños, pero mi experiencia sabía distinguir entre uno viejo, parturiente y dilatado de otro menos manoseado. Mi última conclusión: cirugía. Aquella hembra se había fundido un buen parné en sus apetecibles intimidades o se dedicaba al porno. Lo único que tenía claro era que la fogosa amante sabía manejarse sobre un colchón.
Después del sexto champán mis manos estaban inmovilizadas junto al cabecero. Marga había usado mi propia corbata para atarlas a los barrotes metálicos y el slip negro era la solitaria prenda que resistía sobre mis rodillas.
Ella comenzó a besuquearme desde arriba. Me mordió el cuello, el lóbulo de la oreja; sentí la calidez de su lengua dentro de mi boca. Bajó poco a poco. Se tomó su tiempo, sin prisas. Yo estaba excitado como la primera vez. Aquella señora tenía algo que me volvía loco. Puro morbo. La punta de su lengua me hizo tiritar a la altura del abdominal, trepidé cuando me mordió el costado. Alcanzó mi entrepierna. Lamió mi escroto, llenó sus fauces con cada testículo imberbe. Se detuvo entre mis nalgas para saborear con oficio mi agujero del culo. Y, al fin, como si mis suplicantes jadeos le indicaran que había llegado el momento, se tragó la polla.
Mi verga estuvo a punto de explotar dentro de su boca, temí correrme a la vez que sus labios forzaban mi prepucio, cuando su lengua cosquilleaba el glande en zigzag, pero sobre todo cuando el pene entero se ocultaba para hacer tope en su garganta. Cada sacudida de su cabeza pensaba que sería la última que aguantase, cada gota de saliva que resbalaba sobre mis pelotas significaba una posible visita al precoz esplendor. Entorné los ojos. Mi nuca aplastó el almohadón. No podría contenerme ni un segundo más.
Sí. Incluso esa culminación predijo la sensual mujer. Se incorporó. Me dejó chamuscado, al borde del alivio. Yo me enojé una pizca, estaba a un palmo de mi edén particular.
―Todavía no, querido… ―siseó con voz segura, curtida.
Dio unos pasos hasta la mesita donde había depositado el champán. Llenó dos copas. Me ofreció una. Asentí sumiso. Se inclinó para dar de beber a su sediento esclavo. Otro gran lingotazo plagado de burbujas y estupidez. Ella sonrió por el trago de su chico obediente. Se quitó las bragas delante de mi rostro. Descubrió por completo su almeja rasurada. Tan bella para mis ojos, tan exquisita y sugerente, tan cercana e inalcanzable por la ligadura que asía mis manos. Admiré el desastre: sus esbeltas piernas, los muslos perfectamente torneados, dos nalgas de logradas redondeces, la piel tirante, sin rastro de estrías ni celulitis. Descubrí, demasiado tarde, que únicamente yo había catado el champán. Qué importaba ya, a esas alturas bebería lava del infiero con tal de hacerla mía.
Marga se deshizo del enredado sujetador. Se ató la melena y saltó sobre mi mástil ardiente. Sus embestidas fueron progresivas. De menos a más, convulsión, relajo, para volver a pisar el acelerador. Sus ojos negros, profundos y vidriosos clavados en los míos. Las mejillas sonrosadas, los labios entreabiertos y el suspiro sofocado. Yo solo ansiaba liberar mi carga dentro de su ranura, conseguir mi bote especial de aquella tragaperras encendida como un adicto que solo vivía para jugar, para apostar o morir. El miembro reconoció el molde originario, el coño primigenio del Universo Clímax. Nunca había rozado tanto éxtasis como aquellos minutos de sudorosa pasión y, aun así, me sabía perdido. Eyaculé. Mis piernas sufrieron espasmos. Los tendones hicieron garras rígidas de mis pies. Gemí y grité por pura satisfacción. Y al mismo tiempo las fuerzas comenzaron a fallarme, los mareos, la náusea, la pesadez de los párpados. Lo último que aprecié fue su sonrisa complacida y la expresión maliciosa de su rostro.
La habitación giró y todo se volvió nubloso. KO por uppercut de somnífero.

«Tiene derecho a permanecer en silencio, todo lo que diga o haga podrá ser usado en su contra…»
Blablablá.
Esa retahíla de conocidas palabras me sacó de mi letargo.
Desperté ya esposado. Sentado sobre el colchón. El detective del hotel aplicándome una solución de amoníaco a la altura de las fosas nasales. Lo aparté de un manotazo. Cuatro policías uniformados rodeándome; el director del casino en una esquina de la suite. El rostro largo, la cara repleta de preocupantes circunstancias.
A mis pies, al lado de la cama, yacía el cadáver de un anciano con bata. Sangre reseca, cuchillo en la espalda. Chanel Número Cinco mezclado con el hedor de la homicida putrefacción. Empecé a comprender. Atisbé el enorme armario empotrado, el sepulcro temporal y nocturno del fiambre. La verdad, el engaño, tan próximos y tan invisibles. Pringado.
Una mujer de mi edad, morena y de rasgos familiares se abrazaba al muerto. Lloraba desconsolada. Gritaba y pataleaba. Era su joven esposa. Mi veterana amante.
La hembra me insultó. Me golpeó. Me llamó asesino.
La pasma la separó. Yo la vi mejor. Certifiqué el reconocimiento. Una mata azabache por su dorada peluca, blancas perlas a cambio de su dentadura postiza, un grácil cuello en el lugar donde yo había visto arrugas. Seductora tras sus lágrimas pintadas de rímel, imponente bajo las transparencias de su vestido de gasa negra. Mucho más guapa con su disfraz de mosca que con su traje de araña. Cuán incauto había sido. Choque de ambiciones. Su meditado aprieto había podido con mis prisas ludópatas.
Sonreí. Me había jodido la vida pero no dudaría en volver a repetir la partida. Apostar o morir, algunos no sabíamos existir de otra forma.

Por Roberto Migoya Ramos

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