Relato erótico: Martín Hotel (III Concurso Dolce Love)

alfezarAquella imagen permanecía atada a mi memoria, me devolvía al estado de gracia que sentía cuando estabas a mi lado.
Las luces de la ciudad jugaban con las formas de tu cuerpo desnudo, dotando de un falso movimiento a cada pliegue de tu piel. Tú, sentada en el alféizar de la ventana, mirabas distraída a las gentes que sin sueño deambulan perdidos por las calles, sin saber que tus ojos observaban sin prestar atención las sombras oscuras que bajo ellos pasaban. El humo de tu cigarrillo salía de tu boca, como sale el alma del hombre moribundo, lentamente, sin prisa, sabiéndose abandonado al aire que impregnado de olor a sexo, cerveza y madera que combatía con el olor dulzón de tu tabaco. No sé porqué siempre nos veíamos en aquella habitación de aquel viejo motel, que aunque limpio y discreto, distaba mucho del lujoso hotel donde me alojaba cada vez que viajaba a Nueva York. Tu cuerpo jadeaba aún por el esfuerzo de amarnos como nos amábamos, a veces pensaba que moriría de un infarto por aquellas largas sesiones de sexo, delicioso, suave, intenso… brutal.
Amabas con dulzura, mas poco a poco ibas tornando toda esa dulzura en dureza, te abandonabas a tus instintos, parecía que quisieras borrar algo tatuado en tu piel, frotándote contra mi cuerpo como poseída, para acabar derramándote de placer ante el asombro de todos mis sentidos, después te ibas a la ventana y encendías tu cigarrillo con una mano mientras que con la otra jugabas con el semen aún caliente que rezumaba de ti… Me excita verte tocarte de esa manera y maldecía no tener ni un gramo más de fuerza en todo mi cuerpo con el que poder seguir dándote todo el placer que necesitabas. A veces hasta me hacías daño y me pedías que también te lo hiciera yo a ti, agarrándote del cuello con fuerza, tirando hacia atrás de tus cabellos, penetrándote con dureza de forma rítmica y continua, arañando tu piel, metiendo mis dedos en tu boca. Me decías que así perdías el control de tu cuerpo y que volabas en el vaporoso mundo de la inconsciencia, hasta perder la noción de todo lo que te rodeaba. Aunque al principio me aterraba hacerte daño, con el tiempo comprendí que era esa mezcla de placer y dolor lo que buscabas y tus gritos de pasión se mezclaban con el estruendo de los coches y las gentes que por la calle 47, transitaban ignorantes de la pasión que se desataba unos pisos más arriba.
Ahora vuelvo solo al motel o acompañado de alguna chica que por algo de dinero me satisfacía tanto como lo haría un trozo de madera seca a un niño que llora de hambre. A veces es tan insoportable tu ausencia, que después de pagar a la chica y pedirle que se vaya, sólo tengo ganas de correr hacia la ventana y esparcirme en el aire como el humo de tu cigarro, para después acabar estampado seis pisos más abajo como una clavel, que tras caer del ojal de tu deseo, acaba pisado por los mil pies del olvido.
Pero en aquella última ocasión, el sonido de unos nudillos en la puerta, hicieron que saliera de aquella alucinación. ¿Será la chica que acababa de marcharse? Pensé que debido a mis prisas había olvidado algo, pero no; ahí no había nadie y cuando estaba a punto de cerrar la puerta, me di cuenta de que alguien había dejado una nota en el suelo enmoquetado. Tenía tu nombre escrito: Melissa…
Me quedé paralizado creyendo que si pestañeaba o si me movía, aquella nota desaparecería. Pero no, estaba ahí y sin más tardar la cogí como si estuvieras tú dentro. Después de tres años sin saber de ti, aparecías para citarme en la cafetería que tenía el motel en la entrada. En la nota también decías que me viste subir con la chica y no quisiste molestarme hasta que ella se hubiese marchado. Me vestí súbitamente y al bajar por las escaleras caí en la cuenta de que me había olvidado las llaves dentro de la habitación. “Qué me importa a mi eso ahora…” pensé; y continúe bajando los escalones de tres en tres hasta el café donde me citabas y finalmente, ahí estabas, sentada al otro lado de una de las pequeñas mesas redondas que la cafetería tenía al fondo del local, con tu pelo más corto, pero igual de hermoso como lo recordaba entre mis dedos.
Intenté acercarme más sosegadamente hacia ti, para no parecer ansioso, pero la realidad era que las palpitaciones me provocaba que me temblara la vista y no era del esfuerzo de bajar la escalera, sino de una mezcla de miedo, alegría, desconcierto …… Frenesí
-¿Cómo estás?, me preguntaste.
Mi contestación fue, el silencio. Y poco después mis labios articularon otra pregunta esta vez para ti.
-¿Por qué te fuiste? Podías haberme hablado de cualquier cosa que te estuviera apartando de mi.
Tras dar un pequeño sorbo al café que tenías entre las manos, comenzaste a decirme algo que pareciera que llevabas tiempo meditando
– Necesitaba más Martín, no me sentía plena del todo junto a ti, vernos solo de vez en cuando a veces de mes en mes, no era suficiente para mi. Necesitaba alguien que me amase como tú lo hacías, pero tú no estabas siempre allí.
– Pero yo jamás te pedí que fueras solo para mi, siempre fuiste libre de estar con quien tú quisieras, respondí.
– Lo sé.
– ¿Entonces…?
Nunca me había pasado, pero me di cuenta…- se detuvo a pensar un momento, mientras daba otro pequeño sorbo al café, – que yo a quien quería tener a mi lado era a ti, solo a ti, tú me entendías, me completabas… Muchos hombres me amaron antes de ti, pero con ninguno alcance lo que sentí contigo, esa confianza plena para dejarme llevar por ti, para dejar el control de mi cuerpo solo en tus manos y no podía soportar tu ausencia- …
Se detuvo de nuevo meditabunda con el marrón de su ojos cruzados por el reflejo azulado de los fluorescentes de aquel café, – decidí olvidarme de ti, que estúpida fui al pensar que podría. Durante meses deambulé de un sitio para otro, acostándome con el primero que me gustaba, pero nunca eras tú. Echaba de menos tu mirada desde la cama observándome como un pintor mira su cuadro sin terminar, sintiéndome acariciada con tu respiración, me sentía protegida, sólo en aquellos momentos sentía como la soledad y la incomprensión se alejaban, y deseaba que no te tuvieras que marchar al día siguiente. Pero no, aquellos hombres no eran tú y aunque me daban placer, sentía que la luz no llegaba a todos los rincones de mi interior. Se me hacia un mundo recorrer la distancia que necesita para confiar en alguien y abrirme al completo, distancia que contigo se reducía a tus labios rozando mi cuello y mi mejilla susurrándome en nuestro idioma particular, las palabras del deseo.
Hoy de casualidad paseaba por esta calle intentando atraer a mi algún recuerdo de ti, cuando de repente apareciste sin más. Mirabas distraído la ventana de nuestra habitación y me quedé paralizada, sin saber qué hacer o qué decir, intentando no perder el control, intentando no escuchar la voz que me gritaba dentro de mí que fuera tras de ti… Volví llorando a mi hotel y comencé a hacer la maleta para desaparecer otra vez de esta ciudad. A quién quería engañar… ! Estaba perdida! Caí desconsolada entre la ropa, y en mi mano encontré un pañuelo tuyo que guardaba, mi único recuerdo que conservaba después de todos estos años, tendida en la cama me rendí ante la evidencia… Quería volver a verte, hablar contigo, preguntarte si ya me habías olvidado por completo. Me sequé las lágrimas con tu pañuelo que de alguna forma volvía a tener tu olor y la idea de volver a sentir el peso de todo tu cuerpo sobre mi, me perturbó sin remedio, me masturbé durante largo rato por puro instinto, pensando en tu olor, en el sabor de tu piel cuando te excitas. Tres años más tarde aún no me había olvidado de ese olor y de ese sabor que tanto te distinguía de todos los demás. Cuando llegué al orgasmo, una imagen tuya apareció en mi mente como una aparición. Fue entonces cuando encontré las fuerzas para venir a hablar contigo.
Más tarde, al llegar a nuestro Motel, subí a la habitación, pero no estabas allí, me senté en el café y al rato te vi pasar con aquella chica, decidí no molestarte hasta que vi que la chica se fue y todo lo demás, ya lo sabes…
Una multitud de imágenes recorrían sin para en mi cabeza, intentaba asimilar todo lo que Melissa me estaba contando, era incapaz de pensar lo suficientemente rápido que el momento requería y aproveche el pequeño respiro que Melissa se tomó para terminar el café y preguntarte lo único que mi mente era capaz de razonar bajo el aluvión de sensaciones que recorrían mi cuerpo en ese momento.
-¿Qué quieres de mí, Melissa? pregunté haciendo un esfuerzo por volver a la realidad, y dejar de imaginar la escena de la cama en la habitación de Melissa, rodeada de su ropa, deslizando mi pañuelo por todo su cuerpo.
-Tan sólo, saber si ya me has olvidado.
– ¿Cómo puedes preguntar eso Melissa,? Cada vez que volví a esta ciudad, deseé que me llamaras y cuando te busqué y me dijeron que te marchaste, creí que me estaban gastando una broma de mal gusto, pero no. Tú te habías ido y contigo te llevaste toda mi esperanza y todo cuanto habíamos significado el uno para el otro. No sabes cuántas veces pensé en hacer alguna tontería…
– No Martín-, se sobresaltó Melissa colocando sus manos sobre las mías-
sólo me dejaste algunos bellos recuerdos para sobrevivir, bellos recuerdos, que acababan secando mi boca hasta que me dolía tragar mi propia saliva Melissa.
Sus manos continuaban apretando las mías y pude notar la suavidad y la calidez, con la que me acariciaban ligeramente.
– ¿Y ahora qué Martín? ¿Qué hacemos con todos estos sentimientos?
Su mirada había cambiado, la triste y confundida forma de mirarme del inicio de nuestra conversación, había tornado a unos ojos llenos de esperanza y ternura, que me recordaron sin duda, a la forma en que siempre me habías mirado desde que te conocí.
– Pues sólo se me ocurre una cosa Melissa, enterrar todos esas dudas y deseos insatisfechos lo más profundamente que podamos, hasta que éstos desaparezcan para siempre, mirar hacia adelante y no volver a pensar nunca más en ellos; y por mi parte dejar todo lo que me separa de ti y no volver a marcharme nunca de tu lado, en esta vida.
Por la mejilla de Melissa resbalaron lágrimas que ya no le sabrían más a amargura, y levantándose se colocó abriendo las piernas sobre el regazo de Martín, y comenzó a besarle ante el asombro del camarero que detrás de la barra se afanaba en limpiar una taza con un viejo paño de fieltro, mientras no separaba la vista de Melissa y de su pierna derecha que ahora su falda dejaba ver la mayor parte de su muslo.
Tras el beso, Melissa le preguntó a Martín, dejando escapar las palabras con un leve susurro.
¿En qué piensas ahora?
El silencio volvió a hacerse dueño de los labios de Martín, notaba que las palabras se le agolpaban tras la lengua, impidiendo articular todo lo que su mente le gritaba desde su interior. Los cabellos de Melissa acariciaban su cara y le distraían de la embriagadora sensación de sentir de nuevo a Melissa en su vida. Al fin tragó saliva, a la vez que miraba sus profundos ojos y dijo:
-Solo confiaba en que el dueño del motel guarde otra llave de la habitación, puesto que creo que la vamos a necesitar muy pronto.
Autor: José Antonio Golpe Carrión

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