Relato erótico: LA VECINA DE ENFRENTE (III Concurso Dolce Love)

enfermeraUna música se escuchaba al otro lado del rellano mientras miraba por el ojo de la cerradura, detrás de la puerta su hermosa vecina se iba quitando, poco a poco, el uniforme de enfermera, estaba de espaldas, ante el espejo, contoneándose al compás de esa música tan sensual, sus curvas se balanceaban voluptuosas a derecha e izquierda y de arriba a abajo, en ambos sentidos, con gracia y elegancia, ante un gato negro que asistía atónito al espectáculo. Por un momento, se dijo que no debía espiar así la intimidad ajena, sólo se habían saludado un par de veces en la escalera del primer piso, suficiente para llamar su atención; pero lo que realmente le hizo agacharse para mirar por la cerradura fue ese bolero de Ravel que sonaba cada vez que pasaba al lado de la puerta. No podía ser casualidad, quizás debería llamar a la puerta y ver qué sucedía. Finalmente desistió de tal idea, atravesó el pasillo, metió la llave en la puerta de enfrente, entró en su apartamento y echó el cerrojo.
Allan sabía que su vecina vivía sola por el buzón de la entrada, se llamaba Sarah Coretti, si, le había impresionado lo que había visto, pero pasaron varios días sin que volviese a verla, el bolero de Ravel dejó de sonar al pasar por el rellano, algunas veces su gato maullaba sin cesar, encerrado y abandonado por su dueña, durante toda la noche. En aquel viejo piso de alquiler, situado en la segunda escalera del número dos de Miller Street, frente a la estación Victoria, los inquilinos iban y venían con frecuencia. El clima frío y húmedo al final del otoño no favorecía las relaciones sociales, la gente prefería permanecer en sus casas sin salir a la calle después del trabajo, muchos tenían profesiones liberales y llevaban una vida independiente y solitaria, aunque en una ciudad en la que conviven dos millones y medio de desconocidos como Manchester siempre había centros comerciales y lugares de ocio, pero todo ese gentío no hacía sino acentuar la sensación impersonal del individuo diluido en la masa, donde nadie se preocupaba por nadie, las relaciones eran poco profundas, eso también tenía sus ventajas para los que preferían el anonimato y pasar desapercibidos sin que nadie se metiera en sus asuntos. No se podía esperar mucho más de una ciudad en la que el barrio gay era el más animado.
Una noche de tormenta Allan cedió de nuevo a la tentación, volvió sobre sus pasos al llegar al rellano del piso y se agachó rápidamente para mirar por la cerradura de su vecina. Sus ojos se llenaron de asombro, tanto como el otro ojo que vio a través de la cerradura. Estupefacto, Allan se incorporó y se alejó lentamente en dirección opuesta sin dejar de volver la cabeza, debía sospechar que la espiaba desde aquel día, pensó él, y se sintió avergonzado. Ella escrutaba cada uno de sus movimientos, siguió observándolo a través de la cerradura, era un hombre joven, tenía aspecto de ir al gimnasio. Una vez dentro del apartamento, puso la calefacción y subió el volumen de la televisión para olvidarse de su enigmática vecina. Estaba ya cómodamente instalado cuando llamaron al timbre.
Se levantó como un muelle del asiento, no, no podía tener tanta suerte, no era ella, se dijo, se acercó a la entrada y descorrió el cerrojo hacia la derecha, sin dar apenas crédito, las bisagras chirriaron cuando la puerta giró hasta dejar ver a Sarah cruzada de brazos, con un pijama tan ajustado que se le notaba todo, seguro que no llevaba nada más encima, daba gloria mirarla a pesar de su ceño fruncido, el rostro era de una belleza muy poco común, sus ojos felinos de mirada hipnótica parecían esconder alguna oscura perversión, un piercing colgaba de su labio inferior y la cabellera pelirroja, muy atractiva, llegaba hasta los hombros.
– ¿Qué… sucede? – preguntó Allan estúpidamente.
– No puedo dormir con ese ruido. ¿Le importa bajar la televisión?
– No me parece que esté tan alta.
– Compartimos la misma pared y se oye – dijo la vecina.
– En ese caso, pase, por favor y ponga el volumen a su gusto.
Sarah dudó un instante.
– No quiero molestarle. Me levanto muy temprano para ir al hospital, ¿sabe? – dijo ella relajando los brazos y bajándolos poco a poco.
– Lo… comprendo perfectamente, pero si no puede dormir no creo que sea por eso.
– ¿Por qué no? – dijo ella arqueando las cejas.
– No lo sé… – negó doblemente con la cabeza -. Puede que la tormenta le
ponga nerviosa.
Ahora sus punzantes pezones sobresalían con descaro bajo la ropa, las pupilas femeninas se agrandaron hasta parecer dos pozos alquitranados sin fondo donde perderse, le sonrió maliciosamente, caminó hacia el recibidor y penetró en el salón, estaban los dos cara a cara, la tormenta había cargado el aire de electricidad y el resplandor de un rayo iluminó sus rostros expectantes, segundos después un trueno resonó con fuerza, fue como si el cielo se resquebrajase de arriba abajo y se partiera en dos. Entonces Sarah dio media vuelta mientras Allan le indicaba el mando a distancia sobre la pequeña mesa de cristal en medio de la habitación, se agachó para cogerlo, ofreciendo a la vista su magnífico pandero en todo su esplendor, aquello era una provocación en toda regla, Allan puso su temblorosa mano en su culo cuando ella empezó a bajar el volumen del aparato más y más, hasta que sólo se escuchó una respiración fuerte y entrecortada…
– ¿Así está bien? – preguntó Allan después de que el televisor enmudeciese por completo.
La mano, animada por el silencio de Sarah, continuó abriéndose camino por la hermosa raja de las desvergonzadas nalgas, éstas se contrajeron en un acto reflejo de resistencia, poniéndose duras como rocas, y la boca de Sarah se abrió aún más, sorprendida por tan osado descaro, sin poder reprimir una obscenidad, otro rayo cercano iluminó su rostro feliz, transfigurado, de forma repentina, espectral, y sus ojos se quedaron en blanco, lo vio todo turbio, una segunda tormenta hormonal se había desatado en su cabeza.
– Dicen que la contaminación de las grandes ciudades atrae a los rayos – observó él después de escuchar el último trueno sin dejar de acariciarla por detrás con los dedos atrapados entre los glúteos, en busca de su objetivo húmedo y peludo.
– ¿De veras…? – acertó a decir mordiéndose los labios de gusto.
Ella no pudo seguir, las palabras se convertían en gemidos ahogados en su garganta, pero no hizo falta hablar más, minutos después los maullidos lastimeros del gato se mezclaban con los gritos de placer de su dueña en la habitación contigua.
Autor: Ángel Cerdeño Moreno

Relato erótico: ALEXIS  (III Concurso Dolce Love)

Decidió desayunar en la nueva cafetería del barrio. Era un Domingo inusualmente solitario, quizás debido a que el cielo estaba muy gris; el día no acompañaba a salir a la calle.
Sentado, a la espera de su café con leche y el zumo natural que, se supone, iba a vigorizarlo, apareció ella. Una chica guapa, atractiva sin saberse por qué. Era rubia, pero no lucía una melena lisa ni cuidada, más bien al contrario; su pelo era desdibujado y no había sido peinado esa mañana, lo que le confería un look amazónico, premonitor de su personalidad apasionada, que a él le encantaba. Tampoco exhibía un cuerpazo modélico. Había algún kilo de más en sus caderas o en sus piernas, pero tenía algo, además de un busto 120C, que atraía a los hombres: era la típica mujer que algún tiempo atrás hacía que todos se girasen para admirarla. Ella había cambiado, habían pasado los años, pero esa esencia nunca desaparecería.
Se sentó en la mesa contigua a la de él. Un camarero alto, de facciones marcadas y larga melena salió rápidamente a atenderla -ventajas de ser como era-. La chica se tomó su tiempo para pedir, buscando consejo sobre la tarta del día mientras jugueteaba con su pelo y se mordía el labio, no sabemos si intentando conquistar al camarero o a su vecino de mesa, puesto que sus ojos iban y venían hacía él mientras el joven camarero balbuceaba confundido.
Tiempo atrás, él fue un chico tímido y tranquilo, pero determinado. Su imagen era reservada y formal, mas ocultaba una personalidad que en ocasiones era muy distinta a la que se esperaba. Daba la impresión de ser el típico chico inocente y sin picardía ni malicia, amigo de sus amigos,un alma aún sin corromper, pero lo cierto es que se las llevaba de calle. Habían coincidido en ese lugar dos personas completamente diferentes que tenían en común el ser irresistibles para casi todos pero ¿qué opinión se merecerían el uno al otro? ¿Sentirían esa atracción, o, por el contrario, se repelerían? Ambos eran ya maduros pero aún permanecía una sombra de lo que fueron.
El camarero desapareció para realizar la comanda: batido de plátano y melocotón y tarta de naranja y chocolate. Este detalle no quedó inadvertido. Ella sacó de su bolso un libro de edición de bolsillo de un autor nada actual, se acomodó y comenzó a leer con aire distraído, ofreciendo intermitentes miradas al chico que la observaba. Sacó sus piernas de debajo de la mesa, de manera que quedasen, giradas hacia su derecha, a la vista de todos. Las cruzó, dejando ver unos muslos que la falda de terciopelo negro no alcanzaba a tapar. Mientras uno de sus dedos rondaba su boca de manera no intencionada, su pie izquierdo se deslizaba lentamente, una y otra y otra vez, por su pierna derecha, confiriéndole un aspecto de falsa inocencia.
Él estaba confundido, pero esta confusión nacía de su propio deseo por poseerla allí mismo, puesto que esos gestos eran simplemente eso, gestos, movimientos personales estereotipados. Era él quien se hacía creer a sí mismo que esas acciones eran claras señales de atracción. No lo eran, pero la atracción sí estaba ahí.
En su fantasía imaginó varios acercamientos que provocasen la atención de aquella mujer. Pensaba en acercarse, interesado por el libro que leía.
Pensaba en irse a casa y, al pasar por su lado, hacerle cualquier pregunta absurda que diese lugar a una conversación más interesante y que le permitiese acercarse lo suficiente para deleitarse con su escote.
Pensaba incluso en preguntarle la hora.
Pero estas pretensiones, no demasiado originales, se veían truncadas siempre por la turbiedad de su mente. No pasaban más de cinco segundos y ya se hallaba inmerso en una vorágine de contenido sexual que le hacía perder el rumbo de sus pensamientos. Imaginaba cómo sería su pecho debajo de ese corsé entallado con filigranas… cómo sería perderse en su pecho más bien; pensaba lo agradable que sería que ese dedo juguetón que paseaba por los labios más femeninos que había visto fuese reemplazado por su miembro; a su mente llegaban cada vez más imágenes sexuales con aquella mujer que excusas para entablar una conversación con ella.
También buscaba aquello que continuaba bajo la falda y no podía ver. En este caso a su cerebro le acompañaban sus ojos, los cuales se perdieron en la voluptuosidad de esas piernas desnudas hasta que se vio sorprendido por ella, quien sonreía con ganas mientras le miraba fijamente a fin de hacerle notar que había sido descubierto. Fue en este momento, tras retirar su mirada rápidamente, cuando decidió dejar de buscar estratagemas para conocerla y optó por contentarse imaginando cómo sería que ella fuese quien se acercase a él. Puestos a alimentarnos de la imaginación ¿qué mejor manera que hacerlo siendo tú el objeto de la atracción? Se había dado por vencido sin ni siquiera intentarlo. Pensaba, eso sí, que al menos había conseguido material suficiente para rememorarla en cuanto llegase a casa. No dejaba de pensar.
El camarero entró en escena de nuevo. En la bandeja llevaba varios pedidos, pero no parecía tener prisa. Sirvió en primer lugar el batido, aderezado con nata y virutas de chocolate y servido con pajita y cuchara. No dio tiempo a dejarlo en la mesa, ella se lo arrebató. Lo cogió con una mano mientras con la otra sostenía la mano de aquel chico durante un par de segundos, mientras le mostraba su gratitud mirándole abiertamente a los ojos y gesticulando exageradamente con su boca. Él esbozó un gesto de satisfacción y le mantuvo la mirada para servirle la tarta, a la vez que ella posaba la pajita en su labio inferior y succionaba con fuerza a fin de hacer evidente su talento al tragar. Ella sonrió, mostrando satisfacción también. El chico que tanto pensaba en ella, lejos de sentir celos, no pudo evitar tener un fugaz pero intenso pensamiento bisexual al presenciar la escena, algo que siempre había negado.
Una mujer con dos críos pequeños sacó a todos de sus pensamientos. Llamaba al camarero sin que este se diese mucha cuenta. Por fin, este despertó de sus balbuceos mentales y fue a atender a la señora, quien pidió la cuenta. Desaparecido de la escena, los pensamientos del chico se volvieron heterosexuales de nuevo. Esta vez, ayudado de una pequeñísima mancha de nata que ella tenía en su labio, imaginó cómo sería una felación realizada por esta mujer. Pensaba, sin equivocarse, que debía ser una experta en la materia. Se preguntaba también si, dado el caso, podría correrse en su boca. Seguro que sí. Mientras ella comía, él pensaba en cómo pasar una velada tranquila en su casa. Era extraño, ya llevaba bastante tiempo allí pero estos pensamientos sexuales seguían alternándose con aquellos en los que conseguía conocerla.
Ella miró a ambos lados, se acercó a su mesa y se sentó, gesto que indicaba que, una vez más, se hallaba inmerso en sus fantasías. Esta vez ella se presentaba.
-Me llamo Lucía. ¿Cuál es tu nombre?
Él sonreía, le resultaba curioso el hecho de que su cerebro trabajase mejor estos pensamientos que aquellos puramente sexuales.
-Mmm… ¿Alexis?
-¿Me lo dices o me lo preguntas?
¿Por qué se sentía inseguro en su propia fantasía?
-Me llamo Alexis, preciosa -soltó una carcajada pensando en lo idiota que sonaría si la situación fuese real-.
-Mmm… Alexis, ¿te gustan mis piernas? No parabas de mirarlas…
-Me encantan tus piernas, y sí, me moría de ganas por saber cómo continúan bajo esa falda.
Ella adoptó una postura no muy femenina, apoyando su espalda en la silla y dejando caer sus brazos con aire distraído. Mientras tanto, el camarero se acercaba a dejar la cuenta de Alexis. Sorprendido de que ella estuviese ahora en esa mesa preguntó si habría de llevar allí su cuenta también. Ella le miró. Mientras le contestaba con un simple “Ajá” sin apartar la mirada, su pie subía por la pierna de su compañero de mesa. Este sacaba unas monedas que, por los nervios, dejó caer de manera muy sonora sobre el plato. El camarero se alejaba a la misma velocidad que el pie de Lucía subía hacia la entrepierna. La satisfacción por haberle robado el ligue al joven camarero parecía ser mayor que la que podía sentir por habérsela ligado él mismo.
-Me estás poniendo muy cachondo…
-¿Soy yo o él? -renegaba ella mientras señalaba al camarero con la cabeza-. Pareces orgulloso.
El camarero trajo la cuenta de la señorita, personalizada con lo que parecía ser su número de teléfono. No se había dado por vencido.
-He de confesar que el hecho de que estés aquí sentada y no compartiendo aseo con él me excita bastante. Pero no, eres tú. ¿Tan raro es? Prácticamente me vas a sacar la polla del pantalón con ese pie… No puedo ni estar sentado…
-Entonces levántate -dijo ella mientras se ponía en pie-. Sígueme.
Guardó la cuenta con el número de teléfono en su monedero, cogió el bolso y echó a correr.
Tras unos segundos de carrera, deceleró.
-¿Por qué corremos? -pudo escuchar tras de sí- ¿Tantas ganas tienes de follarme?
-Porque no he pagado -sonrió mientras le empujaba hacía un callejón largo y estrecho-. ¿Crees que le molestará? Quizás debería ir a consolar a ese apuest….
Alexis le cerró la boca con un beso. Ella se volteó y lo puso contra una de las dos paredes, cuya separación no era mayor de un metro. A su lado quedaba una escalera de emergencia. No paraban de besarse. Ella le besaba el cuello, respiraba en su oreja jadeando. Él le agarraba el culo y la acercaba hacía sí. Quería beber de ese sueño tanto tiempo como fuese posible.
-Tócame. -Alexis no respondía, ni con hechos ni con palabras-. Estoy esperando…
La mano se precipitó por su entrepierna. Un coulotte ajustado tapaba un monte de Venus grande y rasurado. Deslizó la mano hasta topar con unos labios carnosos e inusualmente cerrados y simétricos para su edad. Los pellizcó para que su vagina quedase más cerrada aún. El flujo que los humedecía sirvió para que pudiese acariciar su clítoris unos instantes; el tiempo justo para que ella lo cogiese de las muñecas y se arrinconase en la pared que quedaba a su espalda.
-Fóllame, Alexis.
Él miraba a ambos lados buscando algo que hiciese más cómodo aquello que se iba a producir, pero estaban en la calle. Peor aún, un callejón vació en el que lo único que se podría encontrar sería un bidón metálico, pero ni eso. Sabía que ella no iba a esperar más, que quería que la poseyese allí mismo. En este momento descubrió que aquello no era otra de sus fantasías. Él hubiese imaginado que se iban a casa, donde podría hacerle de todo. Que en la cama la ataba, que la hacía desnudarse en una barra americana, que la amordazaba… Allí, sin embargo se encontraba más limitado.
-Así que es verdad… ¡Ja! -Se desabrochó los pantalones-.
-¿Qué…?
-Nada -Se decidió-. Ven aquí.
Acompañando a estas palabras, la alzó contra la pared. Hizo pasar los brazos de ella por su cuello, para que se agarrase fuerte. Ella enganchó sus tacones en una balda de la escalera de emergencia, quedando expuesta para el amor.
No fue necesario nada más. La herramienta de Alexis luchaba por escapar de ese calzoncillo de nylon a rayas. Se apoyaba en ella para besarla con pasión. Con una mano la agarraba contra la pared y con la otra se deshacía de ese trozo de tela que le impedía poseerla. Cubrió sus dedos con saliva para lubricar la vagina que iba a penetrar pero no hacía falta. Aunque era ella la artífice de ese polvo esporádico se sentía tan cachonda que alguna gota de su flujo chorreaaba hacia su culo. Ya sólo quedaba disfrutar.
Alexis tomó aliento, la sujetó firmemente con ambas manos y la penetró. Entonces fue ella quien aspiró con fuerza todo el aire que fue capaz. Ese miembro estaba dentro de ella por fin, y no era pequeño precisamente. Algo heredado supo ella poco después. Él cerró los ojos y se concentró para que sus embestidas fueran acompasadas. Sus caderas no podían parar. Los gemidos de Lucía eran como un canto para él, un motivo para que aquello no acabase jamás. Lo que escuchaba era un reconocimiento a su labor como amante. Continuó, más rápido cada vez. Cuando la posición estaba asegurada pudo liberarse de una mano para seguir tocándola. Le amasaba los pechos por encima del corsé; no le importaba. Ella disfrutaba, no necesitaba más. Comenzó a besarle nuevamente. Le acariciaba el cabello y la espalda, marcando la camisa con sus uñas. El éxtasis era inminente. Lucía respiraba más rápido de lo que podía. Era incapaz de mantener sus caderas quietas, tanto que desacompasaba los movimientos de su amante. Como respuesta a esa ansiedad, el miembro de Alexis creció, pegando sus últimos coletazos antes de soltar un ramalazo de placer. Sacó su miembro de dentro de ella mientras aún la sostenía en brazos, permitiendo que su semen goteara sobre el pavimento y la hiciese sentir sucia. Alexis había vuelto.

Por Kynder Crhistal

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