Relato erótico: Piso 7 (III Concurso Dolce Love)

imagePara saciarme la pensé. La imaginé conmigo. Ella y yo. La ventana del píso 7 abierta. La luz entrando a chorros. Un lago con palmeras meciéndose. La brisa en su pelo. Revistas en desorden regadas por el suelo. La deseaba como a nadie. Desde antes que enfermara. Desde antes que pasara lo que pasó. A mi su olor de mujer me turbaba. Cuando hablaba sus labios ejercían en mi una incomparable fuerza. Dos o tres veces la abracé al despedir la tarde y sus pechos me taladraron, duros, firmes. Pude sentir cada pezón. Inevitable el estremecimiento. Tal vez ella advirtió todo aquello. Se desentendió. Veinte años más era como vidas en dimensiones diferentes.
Cuando pasó lo que pasó. Cuando ella cayó en cama. Aquellos días terribles en los cuales nadie daba esperanzas. Le lloré creyendo que moriría. Una cirugía de muchos riesgos soportó. Frente a todo pronóstico salió viva del quirófano. Con tubos para alimentarse, para respirar. Ausente hasta que pudo levantar un párpado. Fue lenta su recuperación. Logró hablar, ver, escuchar, entender, pero, con medio lado muerto. La fuerza de su carácter le hizo vencer. Fue tan alegre la mañana cuando se levantó decidida a caminar ¡y caminó!


Los días sin verla se acumularon. Le soñaba distinto, luego, vinieron de nuevo los recuerdos y había madrugadas que su fragancia me inundaba.
– Kathe quiere verte, dijo su hermana por el teléfono. Me emocionó saberlo. Acordé visitarla el jueves por la tarde. “Perfecto, estará esperándote”, dijo.
Allí estaba ella. Una franela de caritas felices dejaba descubierto el ombligo. El pelo suelto, oloroso, abundante. Descalza y con un pantalón de dormir con un lazo, casi suelto, apenas sosteniéndolo de la cadera. Me dijo “hola”, con emoción. Le abracé atendiendo un impulso. De nuevo sus senos presionando, esta vez con menos barreras, porque la franela era de una tela tan suave y delicada como si no existiese. Caminó arrastrando la pierna derecha. Nos sentamos en el sofá. La miré. Sentía unas ganas enormes de besar sus pies descalzos. Ella me contaba de las partes de su cuerpo donde había perdido sensibilidad. Puse mi mano en su rodilla derecha, la deslicé suave hasta el muslo. “Es extraño, no siento tu mano, pero, al ver donde la tienes y pensar hacia dónde va me excita”. Retiré mi mano, apenado. “Sigue”, dijo. Sus labios tomaron color, la voz distinta, respiraba agitada. Busqué besarla. Mordí su boca. Me correspondió jadeante. Era mía, ahora. La levanté y la llevé en brazos a la cama de un cuarto. Las revistas desordenadas en el suelo como las había soñado. La luz entrando a chorros por la ventana del piso 7. Ella se libró de la franela para mostrarme la belleza sublime de aquellos pechos que me habían mortificado siempre. Halé de un tirón el pantalón por el ruedo de las botas. Quedó desnuda. Ella desnuda para mí. Ella con un lado muerto donde comencé a besarla. No sentía, pero, mirar le producía morbo. Cambiaba al lado despierto y explotaba como convulsa. ¡Tómame!, dijo. La ajusté a mi cuerpo. Nos encontramos, nos fundimos en una sola pieza. Tuve esa tarde para mí una mujer dividida en dos mitades, con un lado perdido, desconectado de ella, al que amé tanto como al otro donde sentía mis besos.
– Después de lo que pasó, siempre supe que solamente tu me podrías querer…dijo, volví a beber de su sexo, volví tomarla como en mis sueños, pero, era real.

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