Relato erótico: Kamasutra (EL DESQUITE) (III Concurso Dolce Love)

parejaLa última llave cierra la última puerta. El último empleado se marcha, y sólo queda el oscuro silencio y la muda oscuridad.
– ¿Estamos solos?
– Si mi amor. La noche es sólo nuestra, con la obligación de abrazarnos y motivarnos a desatar nuestras pícaras apetencias.
– Menos mal, estaba cansada de permanecer tanto tiempo quieta para no ser descubiertos.
Los dos se miran, se abrazan y se estremecen. Se sienten incómodos con la ropa puesta, y sin apuro se sacan hasta el último paño, quedando tal cual como su creador los trajo al mundo.
– ¿Qué trajiste para hoy?
– Un libro muy antiguo que se llama Kamasutra.
– Nunca he oído hablar de el.
– No te preocupes, no solo te lo leeré, sino que lo llevaremos a la inquieta práctica.
Él toma el libro azul con letras doradas en su tapa, lo abre y lee “Al principio, el Señor de los Seres creó a los hombres y a las mujeres, y, en forma de mandamientos distribuidos en cien mil capítulos, trazó las reglas de su existencia en relación a Dharma, Artha y Kama”
Él se sentó y ella vestida de Eva, se acurrucó a su lado. Las horas pasaron como las hojas del libro, y mientras más él leía, ella más enamorada. Quedaron atrás miles de capítulos que hablaban sobre la vida que debe llevar un ciudadano, del matrimonio o del comportamiento de caballeros y cortesanas. Llegaron a lo más importante. La unión sexual.
Leyeron sobre el abrazo, el beso y de los arañazos con las uñas. Pasaron por los mordiscos, los azotes y maneras de acostarse. Un ruido los detuvo. El miedo se apoderó de sus sentidos. Corrieron una cortina y lo vieron, era el guardia de seguridad que hacía su recorrido. Volvieron a quedarse inmóviles, rogando no ser apresados. La táctica funcionó. Se miraron, sonrieron y sosegaron, al percatarse que la potente luz de la longilínea linterna, tras revisar puertas y ventanas, se alejaba hasta perderse.
Volvieron a lo suyo, pero él deseaba más vital práctica que anodina teoría. Regresó al capítulo de los besos, y los practicaron con pasión a todos. Entregados a la fogosidad, ella le aplicó las ocho clases de marcas con las uñas, pasando por la “zarpa de tigre” a la de la “media luna”. Los dos, condenados al juego erótico, se produjeron mordiscos; él le hizo “el del jabalí” y ella los siete restantes de la lista.
Con su mano derecha sostenía el libro y con la diestra le tomaba la cintura. Mientras leía, a las mil poses las reproducían.
“Cuando la mujer coloca una de sus piernas sobre el hombro de su amante y extiende la otra, luego pone ésta sobre el hombro del amante y extiende la primera, y va alternando estos movimientos, esto se llama abertura del bambú”. Como colegiales haciendo sus primeros palotes, los dos ponían grato empeño en esmerarse en que todo saliera perfecto.
“Cuando las dos piernas de la mujer están contraídas y colocadas sobre su estómago, esto se denomina posición del cangrejo” Pero era tanto el esfuerzo de tales proezas, que en medio del fragor se escuchaba – ¡Hay! Pará, pará, creo que se me sale una pierna.
“Cuando una mujer se sostiene con las manos y los pies, como un cuadrúpedo, y su amante monta sobre ella como un toro, esto se denomina la unión sexual de la vaca” y esta vez se oía – me parece que me disloqué un hombro-, y la otra respondía – no te detengas, que nos resta poco tiempo.
Y así fueron poniendo a pruebas cada página y renglón del ardiente libro; en el piso, sobre una silla, contra un pilar, de espalda o sobre el pecho. Practicaron la unión sexual del perro, de la cierva, el asalto violento del asno, la unión sexual del gato, el salto del tigre, la presión del elefante, el frotamiento del jabalí y el asalto del caballo, y en todos los casos imitaron los movimientos de los diferentes animales.
De repente, otro sonido… la última llave para la última puerta se vuelve a accionar. Ingresan los empleados de la tienda y cada uno se dirige al sector que le pertenece. La joven muchacha del área indumentaria corre la cortina del escaparate y los descubre. Boquiabierta se queda al ver numerosas prendas tiradas en el piso, y a dos maniquís sin ropa en posición extraña; pero más se sorprendió al ver a uno de ellos con un particular libro azul en su mano derecha.

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