Relato Erótico: El amanecer de los muertos

zombieEl cielo amaneció rojo. Era el preámbulo de la batalla, la señal de que aquellas hermosas tierras verdes pronto se teñirían con la sangre escarlata de amigos y enemigos por igual. Desde lo alto de la colina, de pie en primera lÍnea de batalla, Kasumi observó el horizonte teñirse poco a poco de luz carmesí sin emoción, ni arrepentimientos. Al grito de guerra despertaron los guerreros, uno a uno desenvainaron sus espadas y entre relinchos de caballo y jadeos humanos cargaron contra el enemigo. El sol incendió su katana. Sabía que había sido enviado allí a morir por lo que no cabía lugar para la esperanza, pero se llevaría con él tantos hombres como pudiera a la tumba. Su espada no conocería misericordia.

No hay guerrero más mortal ni peligroso que un hombre que ha dado su vida por perdida. El metal pronto se tiñó de rojo sangre. Cuerpo tras cuerpo se fueron apilando a sus pies caballeros sin nombre y con un rostro que jamás recordaría. En los años venideros sería conocido como El Demonio Rojo y su nombre sería temido y admirado por todos. No es que fuera a vivir para recordarlo. Muerto a muerto, herida a herida que besaba su piel y mordía su cuerpo… el dolor se disipaba en el ardor de la batalla y en el amargo sabor de la desesperanza. Cuando la noche fría y oscura cayó sobre él no quedaban más que cadáveres a sus pies. Amigos y enemigos por igual amortajados en el silencio. ¿Quién había vencido? No le importaba. Sus rodillas se doblaron rendidas bajo el peso del cansancio, las heridas y el sueño. Hincó la espada ensangrentada en la tierra roja y se dejó caer sin miramientos, jadeante. Tendido de espaldas sobre el frío suelo solo podía sentir la calidez de la sangre. ¿De quién? ¿Suya? ¿De sus muertos? No importaba. El cielo era hermoso aquella noche, la luna palidecía ante las millares de relucientes estrellas que con su luz titilante parecían llamarle.

“Al fin ha llegado mi hora”-pensó sin tristeza. Al fin y al cabo había sido enviado a morir, siempre lo había sabido.

Una sombra cubrió las estrellas. Kasumi parpadeó sorprendido para apartar el hilo de sangre de sus ojos y alzó la vista. El fantasma de un rostro lo miraba. Era un hombre joven, aunque mayor que él, de tez pálida y un atractivo y varonil rostro alargado enmarcado por una larga y sucia melena oscura. Estaba cubierto de sangre y se apoyaba agotado sobre su katana. El joven reconoció la armadura del enemigo. No tenía fuerzas para intentar ponerse en pie y menos aún para alcanzar su espada y presentar batalla; de modo que aguardó pacientemente a la muerte con cara de enemigo. El desconocido ladeó la cabeza para mirarlo.

-De modo que sigues vivo-comentó, había un extraño deje en su voz. Casi sonaba alegre.

Kasumi entrecerró los ojos como única respuesta. El hombre sonrió.

-Mi nombre es Takeshi. ¿Te importa si me siento contigo?

El muchacho negó suavemente con la cabeza y Takeshi se dejó caer pesadamente a su lado. Dejó escapar un largo suspiro.

-Es un hermoso cielo nocturno.-murmuró para sí.

-Es el pacífico cielo después de una cruenta batalla- replicó Kasumi con voz monocorde- De algún modo las estrellas se burlan de la estupidez humana, pero al menos la luna parece triste.

-Tienes razón-concedió el hombre.

Ambos observaron el firmamento en silencio por largos segundos.

-¿Y tú no estás triste?-inquirió Takeshi de nuevo sin volverse a mirarle.

-¿Por qué iba a estarlo?-las estrellas parecían hacerle guiños simpáticos- ¿Debería estar triste por afrontar mi destino? Al fin y al cabo fui criado para esto, para matar y puede que también para morir. Tal vez que ahora pueda al fin descansar en paz-cerró los ojos-o puede que tenga que pagar por las vidas que ha arrebatado mi espada y que los fantasmas de los muertos vengan a darme caza. Sea como sea no importa, porque ya terminó.

-Es una lástima enviar a un muchacho tan joven y apuesto a la guerra-dejó escapar el extraño en un largo suspiro.

Kasumi sintió tras sus párpados cerrados como se inclinaba a mirarlo. “Qué enemigo tan extraño”-pensó con una amarga sonrisa.

-Según parece mis hermanos no eran de la misma opinión.-rió con suavidad-Tengo la suerte de ser el hijo bastardo de mi noble y ahora difundo padre y mis hermanastros encontraban mi existencia molesta y peligrosa para su noble y lujoso futuro.

Abrió los ojos lentamente. Takeshi se había arrodillado sobre él, su rostro a apenas unos centímetros del suyo, pudo apreciar por primera vez sus hermosos y brillantes ojos oscuros, similares al cielo estrellado sobre sus cabezas. Durante un largo instante quedó irreversiblemente prendido en aquellos ojos y se preguntó si la muerte habría tomado forma de hombre para llevárselo.

-¿Y estás de acuerdo con eso?-inquirió el hombre con suavidad-¿Estás conforme con aceptar el destino que otros te han impuesto?

Kasumi lo miró directamente a los ojos.

-¿Y qué más puedo hacer? Pelear es todo lo que sé y aunque hubiera huido antes de la batalla me habrían encontrado y ajusticiado por desertor. Prefiero morir honorablemente en la guerra que darles el placer de asesinarme con deshonra como a un cobarde.

Takeshi lo miró pensativo con tristeza. Eran palabras tan tristes en boca de alguien tan joven…

-Como sea, yo creo que no estás dispuesto a aceptarlo tan fácilmente.-concluyó- Te he visto pelear y despachar enemigo tras enemigo con tu katana y teniendo en cuenta la cantidad de muertes que has infligido tus heridas son escasas, aunque suficientes para matarte si no son bien tratadas. Eso es sin duda debido a tu deseo de seguir viviendo aunque sea un poco más, hasta ver el cielo nocturno.

Kasumi observó con más atención los rasgos del hombre. Era alto, fuerte y en cierto modo atractivo, y a pesar de estar cansado y cubierto de sangre, poca parecía ser suya. Apenas había recibido herida alguna, debía de ser un guerrero excepcional.

-¿Quién eres?- le preguntó en apenas un susurro.

El hombre sonrió y su sonrisa era asombrosamente amable y se reflejaba con calidez en sus ojos negros.

-Al amanecer era tu enemigo y ahora soy tu amigo-contestó enigmáticamente- Pero si preguntas por mi nombre ya te lo he dicho, soy Takeshi. ¿Y tú? ¿Cuál es tu nombre?

-Kasumi- dijo el chico automáticamente.

-Kasumi…-repitió el fuerte guerrero saboreando cada sílaba- Significa niebla. Es un nombre hermoso y apropiado para ti, joven, liviano y rápido que desciende fugaz sobre los hombres y los ciega y después se esfuma en la noche como si nunca hubiera existido.

No encontró palabras para responder, nunca antes le habían hecho un cumplido, ni alabado su nombre; y cuando Takeshi se inclinó sobre él atravesándolo con su mirada de medianoche y posó sus labios sobre los suyos no supo reaccionar. Fue un beso largo y suave que lo cegó por completo, como la niebla de su nombre. La piel de las mejillas del hombre eran ásperas por el comienzo de barba y sus labios sabían a la sangre y el metal del campo de batalla. Y sin embargo, una desconocida sensación de calidad inundó su pecho y se deslizó en su corazón. No le desagradaba.

-¿Por qué?- jadeó entre dientes cuando sus labios se separaron.

-Porque me he enamorado de ti desde el momento en que te he visto bailar la danza de la muerte con tu espada, tanta desesperación y tanta belleza juntas en un cuerpo tan joven y hermoso- susurró Takeshi con voz enronquecida por la emoción.- Porque ahora que he hablado contigo no quiero dejarte marchar, no quiero dejarte morir y para ello debo darte una razón para vivir. Permíteme ser tu razón para vivir, Kasumi.

-P…pero somos hombres-el muchacho tartamudeó confuso.

-¿Qué importa eso? Somos hombres muertos, a nadie le importa el sexo de los espíritus.

Kasumi lo miró sin comprender.

-No estamos muertos. ¿No has dicho que serías mi razón para vivir? Y si vivo mis hermanos vendrán a buscarme y me ajusticiarán bajo cargo de traidor.

El guerrero revolvió cariñosamente el oscuro cabello del muchacho, un gesto íntimo y sorprendentemente lleno de amor. La calidez se desbordó dentro de su pecho ante un gesto tan simple por el que había estado esperando una vida. ¿Era aquello el amor? Nunca lo había sentido antes por lo que no podía saberlo a ciencia cierta, pero fuera lo que fuera era cálido, agradable y por alguna misteriosa razón algo nostálgico. Hacía que su corazón solitario suspirara por más. Kasumi pensó que no le importaría morir siendo amado.

-Estamos muertos para el resto del mundo-le susurró Takeshi al oído- Observa a tu alrededor, hay cientos de cuerpos en este campo de batalla. Sin duda alguno debe parecerse a nosotros, si le damos nuestras pertenencias y desfiguramos su rostro seremos dados por muertos sin duda y podremos volver a empezar en otro lugar, un lugar tranquilo lejos de la guerra. Renacer de nuestras cenizas los dos juntos ¿Qué te parece?

El joven cerró los ojos durante un momento y se imaginó un cuerpo con su ropa y su katana, una tumba con su nombre y una pequeña casa con jardín en una aldea sin nombre alejada del mundo donde dos hombres sin pasado podían vivir en paz.

-Suena agradable-murmuró sumergido en la fantasía.

-Bien, entonces…

Takeshi deslizó sus dedos suavemente bajo su armadura y sintió como desataba cada pieza con dedos expertos.

-¿Qué estás haciendo?- exclamó Kasumi alarmado abriendo los ojos de par en par.

El hombre le sonrió.

-Voy a echar un vistazo a tus heridas y a cuidar de ellas como mejor pueda para que podamos marcharnos de este maldito lugar- explicó con amabilidad aunque la sonrisa de sus labios era traviesa.- ¿Qué pensabas que iba a hacer?

El muchacho apartó la mirada sonrojado. Sí-se reprochó a si mismo- ¿Qué se había imaginado?

No tuvo tiempo para responder, el último pedazo de armadura cayó al suelo y bajó la incesante mirada de las estrellas Takeshi deslizó sus dedos sobre la piel desnuda de su torso y sus brazos con manos rápidas y diligentes, con cuidado de no causarle dolor. Con sorprendente habilidad y precisión comenzó a encargarse de sus heridas.

-¿Eres médico?-preguntó Kasumi cerrando los ojos con suavidad- Creía que eras guerrero.

-Quien sabe curar también sabe matar-contestó Takeshi con dulzura.

Kasumi se sorprendió por la delicadeza con que aquellas grandes y callosas manos podían acariciar su piel, la gentileza con la que traían alivio tanto a su cuerpo como a su corazón herido. Puede que siempre hubiera estado esperando por alguien que se preocupara por él, alguien que quisiera cuidarlo y protegerlo, alguien para llenar el vacío de su corazón solitario. Quién iba a decirle que habría de encontrarlo el día de su muerte y que habría de renacer de sus cenizas con renovada esperanza. Puede que existieran los milagros después de todo. Puede que hubiera un lugar para un hijo bastardo si había alguien dispuesto a aceptarlo, a amarlo y a perdonar los pecados que él nunca podría perdonarse. Sus manos estarían por siempre manchada con la sangre de las vidas que había arrebatado para seguir viviendo, pero era la primera vez que su corazón estaría lleno de amor.

Al día siguiente descubrirían dos cadáveres entre centenares con sus ropas y sus armas y sus rostros desfigurados, y sus cuerpos serían enterrados en tumbas con nombres falsos; uno con el honor de los héroes vencedores y el otro con la vergüenza de los perdedores y traidores. El nombre del Demonio Rojo habría de resonar durante largos años de boca en boca como el nombre de un héroe temible o de un villano sangriento, una pobre compensación por parte de los asesinos que habían entregado a su propio hermano a la muerte.

Mientras lejos de aquel campo maldito de batalla donde la tierra fue teñida con la sangre de los hombres, a las afueras de una pequeña aldea sin nombre, en una casita con jardín que siempre huele a hierbas medicinales, viven un médico fuerte y musculoso de manos gentiles y ojos de medianoche, acompañado por su silencioso pero amable ayudante, un joven atractivo que tiene locas a las muchachas del pueblo. Nadie sabe que en realidad ellos son amantes ya que a nadie le importa lo que los muertos hacen y menos estos espíritus pacíficos que ayudan a salvar vidas y curar enfermedades como mísera compensación por las vidas que arrebataron en una lejana guerra sin causa.

Mara Aguinaga

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