Relato Erótico: Conversaciones

conversacionesDesde que la conocí,…

En cualquier texto surge alguna situación con connotaciones que me llevan a ella. Supongo que porque su vida ha estado marcada por una auténtica fascinación por las palabras, estas me llevan a ella.

Nos gustaba conversar hasta altas horas de la noche las horas. Las conversaciones con ella eran intensas, entretenidas, bidireccionales, en fin……

Recuerdo el día en que me contó el comienzo de una relación especial que le abrió a los dos mundos para ella más importantes, las letras y como decía ella el sexo con amor.

Me contaba que siendo muy pequeña, le gustaba trastear en el escritorio de su hermana, mientras ella estaba trabajando, ojear sus libros, ver los dibujos, imaginar que historia contaban esos trazos, que en aquel entonces no tenían ningún sentido para ella. Tal vez por eso, cuando apenas tenía unos dos años, su hermana empezó a enseñarle a leer: Comenzó por sentarla en su regazo y abriendo un libro frente a ella, leía historias de Princesas encantadas y valientes príncipes que iban en su rescate a lomos de brillantes corceles. No es una versión nada realista del mundo que había tras las puertas de su hogar, pero siempre se ha de dejar volar la imaginación.

Pero a fuerza de oír su voz todos los días leyéndole, empezó a identificar los sonidos con aquello que había escrito en aquellas páginas. Aquel fue el comienzo de una “obsesión” que se ha mantenido intacta hasta el día de hoy.

Conforme fue creciendo, me contaba, hubo muchas cosas que cambiaron a su alrededor, pero hubo algo que se mantuvo invariable: su amor por los libros y las palabras. Me contaba cómo fue, el descubrir que el mundo era una torre de Babel en el que cada país tenía una cultura, una religión, y las gentes distintas formas de entender la vida y la naturaleza. Todo ello añadió un apéndice a ese amor ya enraizado en ella: El de conocer el idioma, la cultura y la literatura de cuantos más países mejor…

Su ansia de conocimientos siempre fue desmedida en ese sentido. Si bien hubo una pregunta que conforme iba ampliando sus estudios nunca pudo contestar a pesar de todas sus noches sin dormir: “¿Realmente hay un idioma con el que todos los pueblos podamos expresarnos?. ¿Hay un lenguaje que no entienda de países, religiones ó edades?.Me decía que sus divagaciones permanentes le hacían intuir que algo debía darle a su vida un giro de ciento ochenta grados, que la sirviese de brújula y con lo cual poder enfocar correctamente muchas de las cuestiones a las que por mucho que lo intentase, no había encontrado respuestas.

Desde siempre le había gustado viajar, intentar encontrar respuestas. Le gustaba conocer gente, lugares, hacerse mil y una preguntas e intentar encontrar otras tantas respuestas.

 Había cierta confianza desde el primer momento y me hablaba de sus amantes con total naturalidad. Lo reconozco, en ciertos momentos no podía más que sonrojarme y a ella le gustaba. Cierto día me hablo de una amiga muy especial que había conocido en Italia, uno de sus lugares favoritos. Como ella, enamorada de los libros y con un amigo, Saúl, dedicado a la divulgación de obras de los que consideraba nuevos talentos, una labor más filantrópica más que otra cosa.

Según lo contaba note una cierta excitación en su cuerpo me imaginé que me contaría algo especial.

Lo había conocido por primera vez en una de esas presentaciones de nuevos autores, en un ateneo, no fue más que una presentación protocolaria.

La segunda vez, me contaba, fue mucho más interesante. Sus ojos brillaron. A partir de este punto el fluir de sus palabras fue un continuo palpitar, acelerándose y lo reconozco nuevamente me ruboricé.

Este es su relato.conversaciones

Si alguien me preguntara porque cogí aquel libro, de aquella librería, de aquella estantería, de aquel autor desconocido, tendría que decir que no lo sé. Creo que como un niño, me llamaron la atención los dibujos dorados del lomo y el brillante cuero rojo en el que estaba encuadernado. Recuerdo que lo saqué del estante y reclinándome en una columna, comencé a ojearlo con ávido interés.

Si bien no quedaba muy claro la identidad del autor, era evidente que aquel libro era una especie de manual para el buen amante; vamos, una especie de Kama-Sutra del renacimiento. Pero lo que más me impactó no fue eso, sino el poder que parecía tener sobre mí; sentía como si algo me impulsase a seguir leyendo esas páginas. Hasta ese momento, mi idea de la literatura se circunscribía por lo menos a otros géneros; ¡vamos a ver!, no era tonta, sabía que la literatura erótica había existido desde el principio de los tiempos, pero no sé porque nunca me había sentido tentada por investigar ese tema.

Estaba tan absorta en la lectura del libro que apenas me di cuenta que una persona se me había acercado por detrás hasta que oí una voz de hombre susurrándome al oído:

– Se dice que ese libro lo escribió Casanova.

¡Dios, que susto me llevé! Pero lo cierto es que cuando me di la vuelta y descubrí el poseedor de esa voz tan sensual me tranquilicé, era Saúl.

– Hola, encantada de volver a verte, ¿Cómo por aquí? Le pregunté intentando que mis labios se mantuvieran en una sonrisa seductora. Al instante me dije a mi misma, que pregunta, se dedica al mundo de la literatura!!!!!

– El libro que tienes entre las manos, no está documentado, pero la leyenda dice que lo escribió Casanova.

– Creía que el diario de Casanova era solo un mito. – Atajé sin dejarlo terminar de hablar.

– Y es así, nunca ha habido constancia de él. – Pero hace unos años se encontró este libro. Lo tenía un anticuario de París y aunque no está firmado, por la época y por la manera de escribir mucha gente cree que su autor fue Casanova; que aparte de dejar por escrito sus aventuras amorosas, quiso escribir una especie.

– De manual del buen amante. – Terminé de decir yo, como si hubiera podido leerle la mente. Lo que en cierta manera debió de pillarte por sorpresa, porque me miró con una expresión entre divertida y recelosa, y antes de que pudiera tener tiempo para reaccionar, o para puntualizar algo más acerca del libro, acerqué mi rostro al suyo para besadlo en los labios.

No sé porque lo hice. Bueno, para ser honesta, si lo sé: no pude ni quise resistirme a la tentación de aquellos labios carnosos. Es más, solo pretendía eso, probarlos. Pero en cuanto entraron en contacto, fue una locura, de pronto sentí como si nuestros cuerpos pudiesen inflamarse espontáneamente, envolviéndonos en una hoguera de fuego y deseo.

Perdida en el hechizo de sus labios, ni tan si quiera me percaté que el libro cayo involuntariamente de mis manos, con un ruido quieto y sordo perturbando la quietud de la sala. Aquello nos hizo volver del “limbo” a la dura realidad de un solo plumazo. Recuerdo que cuando abrí los ojos pensaba que todo el mundo a nuestro alrededor estaba observarnos. Nunca antes me había sentido tan sofocada. Pero por lo visto, él tenía la situación mucho más controlada que yo, porque después de aquello, ni tan si quiera se inmutó. Recogió el libro del suelo, lo puso sobre el estante, me besó en los labios y amarrándome de la mano me sacó de allí como si de su “novia formal” se tratase. ¿Destino?, ni lo sabía ni me importaba.

El último piso del palacio había sido acondicionado como almacén, taller de restauración y oficinas para los empleados; pero las dos últimas partes eran de acceso restringido, así que acabamos buscando un lugar en el que no pudiéramos ser descubiertos entre la maraña de pasillos que formaban las estanterías a donde se apilaban, libros, litografías y diversas obras de artes a la espera de una futura exposición. Allí se paró y rodeándome con sus brazos me volvió a besar de nuevo.

Yo nunca antes había hecho algo semejante, -en un lugar público-, por lo que esa manera de comportarme era algo totalmente nuevo, que despertaba en mis sentimientos encontrados: por una parte me sentía cómoda, dispuesta a llegar hasta el final, pero por otra había miles de reticencias, de puntos que me hacían alejarme ¿pero, a quien no le pasaría lo mismo? Sin embargo él, con cada nuevo beso, con cada nueva caricia sobre mi piel, sobre mi cabello las fue destruyendo una por una las nubes negras, hasta conseguir que mi mundo se circunscribiera única y exclusivamente a ese almacén.

Sus labios, besaban los míos con una dulzura exquisita, mientras su lengua se movía por dentro de mi boca con una paciencia infinita. Pero lo que al principio era ternura, en minutos se convirtió en pasión, y poco tiempo después se tornó en una lucha fratricida por ver quien conquistaba antes el cuerpo del contrario. Recuerdo sentir sus manos bajo mi falda, explorando la cara interna de mis muslos, subiendo hasta mis bragas, metiéndose furtivamente dentro de ellas, mientras a la espalda, el lomo de lo que parecía una antigua enciclopedia me recordaba el lugar en que nos hallábamos. Ahora, no era fácil hallar un punto de apoyo entre tanto libros, hasta que finalmente topamos con el lugar ideal en una de las esquinas al fondo del almacén. Fue allí donde él volvió a meter las manos bajo mi falda, hizo a un lado el tanga y pasó un dedo por mi húmedo sexo mientras me musitaba al oído:

Uno a uno abrí los botones del vaquero hasta que llegué al final y su miembro salió disparado casi directamente a mi boca… fue toda una sorpresa. Posiblemente por eso mi confianza en mi instinto falló y sentí un poco de aprensión por lo que estaba a punto de hacer. Por fortuna, apenas duró un instante. Tras esos primeros momentos de duda logré superarlo y concentrarme en él.

Recuerdo que le acerqué un dedo, pasándolo desde la punta hasta el glande y en sentido contrario; como si quisiera cerciorarme de su longitud, para acto seguido comprobaba su grosor envolviéndolo con toda mi mano y realizando de nuevo el mismo camino; lo que hizo que su respiración se acelerará de puro placer. Aquello me hizo levantar la vista divertida, observando la expresión de su rostro cada vez que pasaba la mano por su miembro, oyendo sus suspiros y como su cuerpo se contraía con cada uno de mis gestos. Aquello, creo que en cierta manera me envalentonó, me hizo sentir que podía probarlo todo. Me parece que estaba tan absorta en la situación, disfrutando del frenesí, de esa creciente sensación de éxtasis, que ni tan si quiera me di cuenta que había rodeado su poya con mis labios y la había introducido en mi boca, degustandola tranquilamente, a placer. Regocijándome con cada lametón, con cada nuevo mordisco, con cada nuevo beso; como si de un nuevo sabor de helado se tratase, listo para mi exclusivo consumo.

De pronto me alzó del suelo y levantando mi pierna izquierda me introdujo su miembro en mi sexo, haciendo que con cada acometida nuestros cuerpos se movieran con tanta violencia, que tuve que rodear su cuello con mis brazos, buscando un punto de apoyo en medio de la tormenta que acababa de estallar en mi interior. Mi sexo estaba ya húmedo de expectación mucho antes de que él me penetrara, con cada nuevo roce de sus dedos en la cara interna de mis muslos, sobre mi clítoris, subía más allá de cualquier límite conocido. Sinceramente, pensé que no lo soportaría mucho más. Pero por lo visto aquel maravilloso hombre tenía planes muy distintos para mí.

Cuando creí que no podría soportarlo más, él cogió mi otra pierna haciendo que ambas quedaran rodeando su cintura, dejándome totalmente suspendida en el aire; mientras me seguía penetrando con igual furia. Pero aquella posición la pudimos aguantar durante apenas unos momentos, – más que nada por pura incapacidad física-. Así que bajándome de nuevo al suelo buscamos una posición más cómoda para poder seguir nuestro pequeño combate particular; hasta que al final nos decidimos por: Yo de pie, en medio del pasillo, las piernas abiertas y él a mi espalda, introduciendo su miembro por detrás.

En aquel instante sucedió algo que añadió un punto de morbo a la situación. Hubo un momento en que la embestida fue tan fuerte, que hizo que todo mi cuerpo sé tambalear de tal forma que tuve que abrir los ojos para no perder de nuevo el equilibrio. En ese momento atisbé algo; al principio no estaba demasiado segura de lo que era, pero pronto los contornos se fueron dibujando y descubrí que era una mujer, que oculta entre las sombras observaba la escena. Y no tan solo eso, sino que al prestar un poco más de atención a los detalles, se podía ver como se había subido la falda y una de sus manos se movía debajo de sus bragas. Eso desbordó todas mis previsiones, nunca antes había estado tan excitada, con tantas ganas de follar como en ese momento, me estaba corriendo con aquella imagen femenina escondida, pasando al primer plano de mis fantasías.

Arqueé mi espalda buscando sus labios, asiendo su cuello con uno de mis brazos en una postura imposible, mordiendo en aquella parte de su cuerpo que podía descubrir en uno de nuestros raptos frenéticos; buscando nuevas formas de excitar a nuestra furtiva observadora. Entonces él me musitó al oído:

– No te muevas. – Y antes de que pudiera reaccionar, sacó su miembro de mi sexo y masturbándose durante unos segundos, se corrió allí mismo, sobre mi espalda. Recogió parte de su esperma y lo repartió entre mis pechos y mis labios, me gusto la sensación.

Después de aquello me bajó la falda y dándome la vuelta, me abrazó de nuevo mientras me besaba hasta dejarme sin respiración.

M. Gilbert

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