Relato Erótico: Un presente muy presente  

presente-muy-presenteApenas culminada la cena con velas y cava y mientras recogían los platos, sonó el timbre de la puerta.

– Atiendo yo, cariño, es tu regalo de cumpleaños. Espérame en la cocina por favor, sino no será una sorpresa – dijo Luis enigmáticamente.

Diez minutos después, la acompañó a la sala y le mostró a su mujer una enorme caja envuelta en papel dorado, adornada con un moño rojo.

– ¿Un frigo? – preguntó Ema algo desilusionada.

– No – rió Luis encantado – siéntate y ten paciencia.

Bajó las luces y repantigándose en el sofá copa en mano, le dio el control remoto del equipo de audio, sugiriéndole: – Aprieta el play y disfruta.

Ema se sentó a su lado titubeante. Momentos después, devorada por la intriga terminó por hacerle caso. Simultáneamente sucedieron varias cosas: comenzó a sonar el tema central de la película “Nueve semanas y media” interpretado por Joe Cocker, la sonrisa de Luis se ensanchó aún más si cabía y uno de los lados de la caja se abrió de arriba abajo y de ella surgió un stripper rubio, musculoso y guapísimo, vestido de cuero negro y contoneando las caderas sensualmente.

– Feliz cumple amor – le susurró Luis abrazándola – es todo tuyo por tres horas, así que disfrútalo a tope. Ya sé que este tema no lo hablamos más que superficialmente, pero te vi entusiasmada con la idea y cuando me planteé qué regalarte, se me ocurrió esto y no me pude contener. Por favor no te cortes en absoluto, que de celos por mi parte, nada de nada. Eres demasiado inteligente para enamorarte de un buen polvo y además ¡te saldría carísimo! Te lo digo yo.

Su mujer lo miró a los ojos y luego volvió la vista al chico que seguía moviéndose provocativamente, pero manteniendo la distancia. Ambos hombres esperaban una señal de aprobación por su parte.

Su primer impulso fue salir corriendo. Años de tabúes y constricciones sociales no se borraban de un manotazo. Pero luego se lo pensó mejor y reflexionó: cuando le conté a Luis que mi fantasía era tirarme a un stripper, jamás imaginé esto; pero ahora lo tengo en el salón de mi casa, mi marido me apoya, si no aprovecho la oportunidad me arrepentiré toda la vida.

¡A la porra con la represión y la vergüenza! se dijo a sí misma y luego en voz alta se dirigió a su “media naranja”: – ¡Amor mío: esto sí que es una sorpresa¡ Reconozco que por poco me desmayo; pero tranquilo, que ya me he repuesto. Y como reza el dicho: ¡El show debe continuar!

En cuanto oyó sus palabras, el chico comenzó a aproximársele lentamente, sin dejar de bailar y desvistiéndose solo para ella. La chaqueta, la camisa y el pantalón volaron por los aires, voluptuosa y lentamente.

Cuando quedó tan solo a unos centímetros de Ema, lucía únicamente un sucinto slip que apenas disimulaba un excepcional bulto. Ella se incorporó casi sin darse cuenta. El muchacho le ofreció sus atributos con un movimiento ondulante que le resultó irresistible. Aun vacilante se levantó y ante la seña de su marido de que “atacara”, se olvidó de sus resquemores y se abrazó al stripper, besándole en los labios y acariciándole el pene y las nalgas sin ningún pudor.

– Soy Silax, felicidades – le dijo el chico al oído entre beso y beso. Mientras le acariciaba la nuca  agregó: – lo que tienes en las manos son veintitrés centímetros dispuestos a agasajarte como te mereces, compruébalos si quieres. Ema bajó la vista al tiempo que desaparecía la minúscula prenda y él le sugirió con la mirada que se acercara más. Sin hacerse rogar, se agachó golosa y lo recibió en la boca, asiéndole el miembro con las dos manos.

Luis ayudó al muchacho a desnudar a su mujer y luego el stripper la hizo incorporar y la tumbó en el sofá. Por señas, le indicó al marido que le pusiera el pene en la boca y el hundió la suya en su pubis, buscándole el clítoris con la lengua. Dos maravillosos orgasmos después, advirtió que Silax la cabalgaba desde detrás, acariciándole los pechos con manos expertas. Mientras ella seguía chupando y lamiendo el miembro de su marido, se maravillaba de lo bien que se sentía haciendo un trío y se regodeaba que este sería su secreto de pareja, porque si algo estaba claro, era que esto no podrían compartirlo con los amigos, ni falta que hacía.

Más tarde se fueron al dormitorio y ya en la cama, Ema hizo acostar a Silax y lo acarició y lamió a placer. Tenía un cuerpo maravilloso, musculado, pero sin exageraciones, hombros anchos y caderas estrechas y los centímetros del deleite surgían como una ofrenda su disposición.

Aceptando el homenaje, lo montó a horcajadas recibiendo en su vagina aquel fantástico falo. Fue bajando las caderas muy despacio, hasta que se sintió completamente colmada y comenzó a moverse lentamente. Enardecida, no tardó en aumentar el ritmo de sus acometidas para estallar de placer y caer desmadejada sobre su pecho.

Luis esperaba ese momento lubricante en mano. Comenzó a estimularla para poder penetrarla por el ano. Con infinita delicadeza consiguió su objetivo y en el instante que ambas lanzas la atravesaron, Ema llegó a un clímax larguísimo, que no apaciguó en absoluto su apetito. Su marido eyaculó enseguida pues la situación lo había encendido de tal manera que no logró controlarse más que unos pocos minutos. Se retiró y les dijo que siguieran ellos pues él ya tenía bastante. Sirviéndose otra copa, se acomodó en un sofá y se dedicó a mirar como su mujer disfrutaba de su regalo.

Decididamente el chico tenía mil recursos. Después de cada culminación, la hacía cambiar de postura y en ningún momento perdió ni la pericia ni la ternura en las caricias, ni uno solo de los fantásticos 23. Solo una vez le preguntó si le placía el dolor dándole un cachete suave en la nalga. Ema dijo que no y Silax le pidió disculpas besándole la zona y mimándosela.

Dos horas después el chico se vació en ella exhausto; Ema había perdido la cuenta de sus propios orgasmos. Silax se incorporó, se quitó el condón y pidió permiso para darse una ducha. Una vez solos, Luis y Ema se miraron, sonrieron, pero no necesitaron hablar. Se conocían demasiado bien como para saber que la sorpresa había sido todo un éxito para ambos y que su relación sexual, que siempre resultaba más que satisfactoria, sería mucho mejor aún.

Minutos después el chico salió del aseo y antes de irse, besó brevemente a Ema y le dijo que había sido un auténtico placer estar con una mujer como ella. Mientras su marido le acompañaba a la puerta, Ema cerró los ojos y antes de caer en un sueño profundo, pensó extasiada: 40 años no se cumplen todos los días, pero el regalito… ¡que se repita!

S. M. Ghuisolfi

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