Relato Erótico: Un sueño erótico

sueñoHabían pasado años desde la última vez que se vieron sin embargo ella aún podía recordar el olor de su piel, el tacto de sus manos, y la vigorosidad de su miembro como si hubiera sido ayer.

No había dejado de repasarle en sueños cada uno de los días que habían transcurrido desde aquella maldita última vez.

Le había confundido por la calle, le había escuchado mientras dormía y le imaginaba en cada uno de los amantes que tenía.

No habían sido uno ni dos, le faltaba memoria para recordar todos los nombres de todos los hombres que en estos años habían acompañado su noches. Ellos le habían servido para calmar sus ganas, pero nunca, jamás para saciarla.

No era capaz de olvidarle, ni si quiera tenía interés en olvidarle, pues al menos, estando en su recuerdo, él seguía presente en su vida.

No había orgasmo sin él, no había sexo sin sus manos, no existía nadie que la excitase si no era él.

Aún no tenía claro por qué se dejaron de ver. Le importaba poco su pasado, ella disfrutaba de los días que él le dedicaba, sin preguntas, sin por qué, sin compromisos… Solo necesitaba su presencia para hacerla sonreír, para excitarse y volverse a sentir completamente feliz.

Confiada en ser ella la única que no le olvidaba, nunca volvió a levantar el teléfono a preguntarle si quiera si estaba bien. Dejó pasar el tiempo, rehízo su vida como pudo, y se resignó a una vida con él en la memoria…

Pero un día inesperadamente todo cambió, un mensaje en su teléfono le estrujó por segundos el alma.

Asombrada, embobada, enloquecía con la sola idea de volver a verle, respondió al mensaje intentando que no se notara la emoción que sentía, pero su sonrisa la delató en el momento que le escuchó al otro lado del teléfono

Hablaron horas acerca de sus vidas, de sus trabajos, de la familia, los amigos y todo aquello que ambos vivieron  en su pasado juntos y, como solía pasar antes, bastó un simple comentario suyo  para encenderla y no pudo evitar preguntárselo…

-¿Cuándo podré verte?

Al otro lado del teléfono el silencio hizo que se arrepintiera de haber realizado aquella pregunta.

Sabía que no debía hacerlo. Siempre había sido él quien decidía el cómo, el cuándo además del dónde… Ella sólo se limitaba a acudir a las citas programadas por él…

-No esperaba que hicieses esa pregunta, siempre fuiste bastante comedida para pedir, pero si quieres, ahora mismo podemos vernos, estoy a solo unos metros de ti.

Se volvió mirando a todos los que la rodeaban, ¿cómo es que estaba a unos metros? ¿La había seguido?

Cada segundo que pasaba disparaba aún más sus pulsaciones. No le veía, no conseguía encontrarle.

De pronto una mano sobre sus ojos y una caricia en su cintura, pararon su respiración. Tres palabras en su oído “Sí, soy yo” la dejaron inmóvil.

Poco a poco él, como si de una bailarina de juguete se tratase, la fue deslizando entre sus manos. No retiró la mano de sus ojos hasta que no la tuvo en frente. Despacio, fue separando los dedos, y unos ojillos vidriosos aparecieron detrás de ellos.

-Sigues estando tan guapa como siempre- le dijo.

Y ella, sin mediar palabra, saltó a sus brazos.  Sus piernas rodeaban su cintura al tiempo que sus manos tomaban su cuello, y así, mirándole a los ojos, le besó.

Sentía como poco a poco la temperatura de su cuerpo ascendía; en esos labios, en  esa lengua, podía navegar sin descanso días y días.

Le deseaba allí mismo, en medio de la plaza, con toda la gente que les miraba abrumados y que para ella hacía rato que habían desaparecido.. Solo era consciente de tenerle delante, y el resto, le sobraba.

En esa posición fue fácil descubrir que él también se estaba calentando, su miembro duro bajo el pantalón se lo decía. Retiró sus labios un segundo y le miró. Aquellos ojos ardientes le dijeron que la deseaban tanto como ella a él, y sin abrir la boca, él comprendió lo que quería decir.

Podían haber ido a cualquier lugar, pero ella quiso volver a tenerle en su cama.

No hizo falta recordarle el camino a casa, lo conocía a la perfección.

Aprovechó el primer giro de las escaleras para desabrocharle la camisa: besaba su cuello mientras dejaba al descubierto  su torso   desnudo delante de ella. Pasó sus manos sobre sus hombros, acarició sus sensuales brazos y dejó caer la camisa al suelo.

Estaba convencida de tener el control de la situación, por ello, en el segundo giro, sus manos buscaron la cremallera del pantalón, pero ésta vez él no se lo puso tan fácil. Agarró sus muñecas sobre su cabeza al tiempo que la despojaba de su camiseta, y así, sin moverla casi, desabrochó su sujetador, dejándola semidesnuda, con sus senos frente a él…Poco a poco soltó sus muñecas y bajó sus manos, acarició sus pechos, los agarró con suavidad y los devoró a besos.

Sentía como lentamente descendía la humedad de su sexo a su ropa interior. Gemía al roce de sus labios en sus duros pezones.

No había un centímetro de su cuerpo que no estuviera erizado. Deseaba arrancarle la poca ropa que le quedaba allí mismo.  Tan solo quedaba un giro más para llegar a su alcoba, pero no se creía capaz de esperar a ello, sin embargo él la tomó en sus brazos, la despojó de sus tacones y la llevó hasta la cama.

Tendida en la comodidad de su colchón de plumas, a unos segundos de volver a sentirle dentro, sintió como el roce de sus manos en su ropa, la estaba haciendo alcanzar el orgasmo. Quiso decírselo pero de su boca solo salían gemidos de placer.

Quiso pedirle que parase, pero ya era demasiado tarde: él la estaba despojando de sus braguitas y posando su lengua entre sus labios. Al segundo roce de su lengua en su clítoris ella sintió el orgasmo más intenso de todos los vividos en los últimos años…

Sus piernas temblorosas, y la marea que surcaba su entrepierna invitaron a su acompañante a penetrarla con rapidez.

Se deshizo de su ropa, se deslizó entre sus piernas, y la hizo suya.

Ella volvió en sí al notar las sacudidas de su miembro. Le notaba entrar y salir despacio, tímidamente, como si quisiera no molestarla…Entonces ella abrió sus ojos, le miró sobre si, le agarró fuertemente del cuello y le rogó que la follase.

Su mirada lasciva le encendió aún más provocándole unas ganas tremendas de empujarla sin medida, penetrarla hasta el fondo de su sexo y escucharla gritar de placer.

No dudó ni un segundo más, sabía que ella así lo quería y él lo estaba deseando.

Sintió como le agarraba del pelo al tiempo que se incorporaba un poco acercándole sus pechos a su altura. El roce de su piel, el bote de ellos, y el contacto salvaje de su miembro en su vagina le estaban volviendo loco.

Deseaba correrse, pero no tan rápido, quería disfrutar más, sentirla más…

Y  paró en seco.

Ella lo miró de rodillas en la cama, duro, jadeante, excitado… Y supo interpretar que estaba al borde del orgasmo.

Sonrió de manera maliciosa, se agachó sobre su miembro y paseó la lengua por todo él. Posó sus labios sobre la cabeza del glande y le volvió a mirar esperando su aceptación.

No se lo pensó mucho, puso una mano sobre su cabeza y la empujó hasta el fondo.

En tan solo unos segundos su boca se llenó de él, su semen se mezcló con su saliva, dejándolo exhausto a él y felizmente satisfecha a ella…

Desahogados y agotados en la cama se miraron.

Ella le preguntó cómo la encontró. Él sonrió al escucharla.

-No es difícil saber dónde estás, siempre haces el mismo recorrido. Y además tengo un aliado.

-¿Un aliado?

Él se levantó y sacó un juego de llaves del bolsillo de su pantalón.

-¿Sabes todas las veces que has soñado conmigo? ¿Los amaneceres mojados y sudorosos? ¿Los orgasmos en sueños?…Bueno, quizás no soñabas tanto, sino que yo mismo te visitaba de vez en cuando…

Se tumbó junto a ella y la observó

-Te gusta hacerme sufrir.- dijo ella.

-Bueno, es el precio a pagar si uno quiere conseguir polvos como este…

Lady Honey

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