Relato Erótico: ¿Lo oyes?

oyes“Te espero en la orilla de mis miedos, anda pasa. Estoy jugando con fuego en el salón de mi casa.”

Sonaba Charly Efe en los cascos de Luis. Él era el único en aquel momento que disfrutaba con la música del artista valenciano, él sólo, sentado en la parte trasera del autobús, posando sus piernas en el asiento que tenía delante. Le gustaba mucho sentarse en la parte trasera de los autobuses cuando estaban vacíos, así se sentía en paz con todo, y cuando había gente lo hacía para estar solo, aunque él nunca había sido solitario, qué va, simplemente le gustaba estar tranquilo en un lugar tan pintoresco como es el transporte público. Le producía placer pensar en ello.

“Cinco minutos más para mi Vietnam…”

– Y este poema subversivo-canturreó Luis. De pronto la música se detuvo-. ¿Qué? ¿Otra vez sin batería? ¡Vaya basura de móvil!-Se quitó los cascos indignado, los guardó en el bolsillo de su chaqueta. Luego abrió la mochila y empezó a rebuscar en su interior-¡No me jodas!-Protestó mientras lanzaba la mochila al suelo, uno de los cuadernos que había dentro salió de ella-¡Para colmo no me he traído el condenado libro! Vaya viaje más tedioso que me espera…

Apartó sus piernas del asiento delantero, el autobús había parado, para agacharse y coger sus bártulos del grasiento suelo, las puertas se abrieron, Luis volvió a sentarse, entró una única persona, pues sólo se escuchó una vez el sonido de la máquina para las tarjetas. Alzó la cabeza. Una muchacha rubia hizo acto de presencia en su campo de visión.<<está bastante=”” bien=”” la=”” chica=””>>pensó<<, pero seamos realistas…>>En ese momento, el autobús tenía un único asiento ocupado, el de Luis, por lo que la chica pudo haberse sentado donde quisiera.<>Este caso fue excepcional. Ella se sentó en el asiento de enfrente suya, donde Luis había apoyado las piernas.<

¡Bah! Pura chiripa.>> Miró de arriba a abajo a la muchacha:

Su melena rubia rizada le sobrepasaba los hombros, sus cabellos rebotaban en una continua danza arrítmica por su rebeca marrón, el conductor del autobús iba demasiado deprisa, aunque su flequillo se mantenía estático sobre la frente de aquella cara pecosa y ancha, acompañada de dos ojos verdes muy finos, una estrecha nariz puntiaguda y un par de labios carnosos y bermejos. Cruzó sus piernas vestidas por unos leggins azul marino, luciendo la buena envergadura de ambas y el par de botas que calzaba. A Luis no le agradaba cómo iba vestida ella.<> Inmediatamente, la muchacha comenzó a desabrocharse los botones. Luis se quedó atónito, pareció que le había leído el pensamiento. Al quitarse la prenda, dos protuberantes senos asomaron por el escote de una camisa fina, roja y de manga larga. Luis alargó los labios y asintió, queriendo decir que no estaba mal. A partir de entonces, se quedó mirando, absorto, lo que había en la calle, estaban pasando al lado del parque de Mª Luisa.<<aún queda=”” bastante.=””>>Bostezó ruidosamente cerrando los ojos. Al abrirlos se percató de que la rubia lo miraba inquisitivamente. Vale que se sentara enfrente suya, pero el que esté observándolo de aquella manera daba que pensar. Se secó los ojos lacrimosos y comenzó a mirarla fijamente. ¿Por qué tanta curiosidad? Luis no era nada del otro mundo; moreno, ojos castaños y apariencia de bruto, le parecía demasiado raro. Seguían mirándose, durante tanto tiempo que no existía para ellos nada más, ni se percataron de la repentina desaparición del autobús. A cada segundo que pasaba, Luis tenía la sensación de un continuo embellecimiento en la muchacha, le pareció más guapa aún desde que la vio por primera vez. El ambiente se cargaba de luces rojas y azules, todo se crispaba, fuego fatuo, nada alrededor, pero en medio de aquello habían tantas cosas juntas, tantas cosas que no se pueden definir, mientras en los oídos de Luis sonaba el solo del clarinete de una misteriosa canción de jazz. Conforme pasaban los momentos, la melodía era cada vez más sensual, más desafiante frente al silencio. Aquel cruce de miradas era aquel clarinete tocado por el viento en un enorme salón de ópera vacío, mientras era iluminado por un foco. Se confesaron sin necesidad de hablar, él resoplaba, ella respiraba pesadamente, mordiéndose el labio inferior. Luis supo que los dos estaban oyendo al mismo clarinete, lo percibió. De pronto, la música paró, ella había pulsado el botón de stop, el autobús frenó. La chica se levantó, cogió la rebeca y se dispuso a ir hacia la puerta más cercana mientras le sonreía a Luis. Él estaba completamente atolondrado, el corte en seco de aquel momento lo noqueó

como un golpe en la barbilla. Nada más abrirse las puertas, ella le guiñó un ojo y salió, pero él se levantó apresuradamente para salir también. Al bajarse del autobús, miró a todos lados, la encontró alejándose despacio mientras se ponía la rebeca. Luis salió tras ella a paso ligero. Cuando la tuvo a corta distancia empezó a llamarla:

– ¡Oye! ¡Espera!

Ella se volvió tras de sí, su cara reflejaba sorpresa.

– Dime tu nombre por favor- dijo Luis jadeando.

– ¿Mi nombre?-preguntó ella. Qué voz tan inocente. Parecía mentira después de lo que ocurrió…-¿Para qué lo quieres saber?

– ¿Estás de coña? ¿En serio lo preguntas?-Luis se había exaltado-¿Crees de verdad que después de lo que ha pasado en ese autobús iba a quedarme de brazos cruzados?

Ella se sonrojó, empezó a reírse tímidamente. Luis no entendió nada. Al fin, se recompuso y dijo:

– Bueno, ya que me lo preguntas, me llamo Sara.

– Sara…muy bien. Yo soy…

No pudo decir cómo se llamaba, pues ella le puso el dedo índice en los labios, silenciándolo.

– Que sepas que a mí no me hace falta saber tu nombre.

En efecto, sin saber ni siquiera cómo se llamaba, el momento que vivieron antes le dijo quién era aquel extraño con el que decidió sentarse enfrente suya. Luis estaba inmóvil, ¿qué se supone que iba a ocurrir?

– Ven conmigo.

De pronto, no supo cómo lo habían hecho, se encontraban dentro de un portal.- ¿En qué te fijaste la primera vez que me viste?- preguntó Sara, mirándolo lascivamente.

– En tu pelo.

– Y luego, ¿qué fue lo que más te gustó de mí?

Luis se rascó la cabeza y respondió:

– La verdad es que me llamó mucho la atención el color de tus ojos. Y no te voy a engañar-se paró para reírse avergonzado-, me gustaron tus tetas.

<<Genial, ya se acabó todo. Mierda…>> Pero no fue así, ella también rió.

– He dado con alguien que no tiene apegos por decir lo que siente.

– Pero eso no fue lo único. Lo que vino luego…

– No digas más-interrumpió Sara-. Vamos a vivirlo una vez más.

Frenesí instantáneo, los labios se juntaron, bailaron, bailaron un tango sin compás, violentamente, se rozaban, se rodearon con los brazos, ella se le enroscó en el cuello, él le agarró el culo, qué bien se adaptaban las nalgas a sus manos. El tango no cesaba, la temperatura subía. No hubo palabras, sólo pasos ligeros por las escaleras, tercer piso. Entraron, no hubo más preámbulos, directos al dormitorio. Ella lo tumbó en la cama, le quitó la chaqueta, se lanzó a su cuello, absorbió, absorbió, él se resintió del dolor, pero le gustaba.

– Pónmelo- ordenó él-. Lo llevo en la cartera.

Sacó la cartera de uno de los bolsillos de la chaqueta, mientras ella se quitaba la rebeca.

Volvieron a besarse, lo necesitaban, necesitaban volver a la misma sensación. Pararon. Ella se levantó el chaleco rojo, mostrando aquellos dos gloriosos pechos, sostenidos por un ajustado sujetador rosa.

-Aquí tienes las tetas que deseas- dijo ella mientras trataba de quitarse el sostén.

-Sabes que no son lo único que deseo-dijo él bajándose los pantalones, mostrando su pene totalmente erecto.

-Joder- ella se relamió, vaciló un poco, pero finalmente-…No te lo pongas aún.

Fue hacia abajo, Luis notó el tacto de aquella larga lengua en su verga.

-¡Oh, Dios…!- fue inesperado, pero oportuno. Presionó la cabeza de ella contra su pelvis- ¡No puedo esperar más!

Se la quitó de encima, se levantó, se puso el condón, al fin, luego le quitó los leggins a ella, junto con las bragas blancas, dejando ver aquel agujero, capaz de esclavizar al mismísimo Lucifer,

rodeado de vello rubio. Luis empezó a jugar con él, ya estaba demasiado húmedo, encontró el clítoris, aceleró el ritmo del dedo, ella gemía, gemía y gemía.

-¡Túmbate!- fue lo único que fue capaz de decir, pues estaba demasiado borracha de lujuria como para poder articular otra cosa- ¡Túmbate!

Él se tumbó, ella se echó encima. Entró. Muy adentro. Las manos en sus tetas, aquellas que ya dieron placer al descubrirse de aquella rebeca hortera.

Ella botaba, no paraba, fiera sedienta, no quería parar. Él tampoco, quiere saber hasta donde iba a llegar. Pero ambos querían lo mismo, volver a escuchar al clarinete, pero no era el clarinete lo único que sonaba, sino la maldita orquesta psicodélica del infierno. Poseía tal ritmo que les prohibía parar, ni siquiera el sudor de las entrepiernas oxidaba los instrumentos, ni provocaba que se resbalaran de las manos de la pasión. Todo aquello fue más allá de lo que todas las miradas más insinuantes y provocativas de cada pareja que se encontraban por primera vez en ningún lugar, ni que el destino decidiese que ocurriera. Todo era excepcional. Ahora eran los orgasmos los instrumentos principales. Luis empezó a dejar de escuchar los instrumentos, sólo oía los botes de Sara encima suya, y los orgasmos de ambos.

Silencio… De la nada surgió un grito de placer y alivio, cual hombre que, sin probar una sola gota de agua durante dos días, andando por un árido desierto, bebe un señor vaso.

Se acabó. Estaban empapados. Sara se tumbó al lado de Luis.

-¿Tú…también dejaste…de…escuchar…la música…de pronto?-preguntó él.

-Joder…sí…

Tras esto, sobre la cabeza de Luis no hubo más que luces amarillas. Se mareó. Luego cerró los ojos.

Despertó en su cuarto, llevaba puesto el pijama.

-Todo fue un sueño…-murmuró-Ya me parecía a mí… Demasiado bueno para ser real.

Se levantó de la cama, fue al baño a lavarse la cara.

El agua estaba fría, lo espabiló al instante. Se secó la cara. Se miró en el espejo.

Algo le llamó la atención. Tenía algo en el cuello. Se quitó la camiseta del pijama. Entonces lo vio. Un enorme cardenal opaco bajo su mandíbula.

-¿En serio?- no podía creérselo.

Entonces, el clarinete volvió a sonar en su cabeza, sin aviso previo, una melodía tan sensual como el sentarse en el filo de un volcán sonó para no volver a parar. Luis lo supo, nunca dejaría de escucharla. Ninguna chica podría ayudarlo, no, nadie podría ayudarlo para que volviese a escuchar: “Cinco minutos más para mi Vietnam, y este poema subversivo.”

No más. Así que, desesperado, se lanzó por la ventana de su cuarto, tercer piso…

Ella lo esperaba abajo, miró el cadáver postrado a sus pies, sonrió, se sintió importante por cuarta vez.

Manolo Garcia

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